
El psicólogo Jaime Guevara es un hombre seguro de sí mismo, de esos que tienen las ideas muy claras. Con veintiocho años decidió abrir un gabinete de Psicología Clínica y Terapia de la Conducta en un sofisticado despacho del centro de Valencia. Fue una apuesta fuerte, pero no le ha ido nada mal. De hecho, al cabo de solo dos años el sueldo le permitía cubrir holgadamente el alquiler, el sueldo de su secretaria y su propia remuneración, más que digna. Se siente muy orgulloso de ello, y de la estabilidad y reputación que ha adquirido ahora, casi siete años después.
Jaime nunca trabaja los domingos, pero con Alba ha hecho una excepción. Le ha llamado a eso de las nueve y media llorando y con la angustia pegada en la voz, y al final le ha dado cita para las diez y media. Él estaba desayunando con Laura, su chica, y la cara que ha puesto es de las que van a necesitar una sobredosis de esfuerzo para deshacer el evidente mosqueo.
—Es esa chica, ¿verdad?
Su mirada le basta para confirmar la sospecha.
—¿De verdad Jaime? ¿No puede esperar a mañana?
—No, no puede.
—¿Por qué le diste tu número?
—Necesita ayuda. No tiene a nadie. Tú harías lo mismo, ya lo hemos hablado.
Laura hace una mueca y resopla frustrada, sin poder borrar de su cara el patente disgusto.
—Al mediodía te cuento. Te compensaré, lo prometo —le dice robándole un beso, tal vez demasiado frío.
Rehúsa dar más explicaciones y se marcha dejando aquella desagradable sensación de culpabilidad flotando en el ambiente. Jaime sabe que puede estar poniendo a prueba su relación y la paciencia de Laura, pero es que Alba Sierra es una paciente muy especial. Nunca se había enfrentado a nada parecido, su mente es un fabuloso rompecabezas que él se ha empeñado en desentrañar. Sus pacientes rara vez le sorprenden de aquella forma o se salen de los patrones habituales; pero con ella siente la continua necesidad de profundizar, de saber más, en definitiva, de ayudarla.
Ha salido de casa corriendo y consigue llegar a su despacho a las diez y cuarto. En ese momento vuelve a sonar el móvil: es Alba.
—Tengo miedo —su voz suena apenas audible, como un susurro.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Está sentado delante de mí.
—¿Quién?
—Es él, estoy segura. Es igual que en el sueño.
—¿De qué me estás hablando?
—El hombre del paraguas negro. Viene a por mí. Lo sé.
Jaime comprende que está teniendo otro de sus episodios. Son la respuesta de su cerebro a un cóctel explosivo: traumas infantiles, adolescencia difícil, problemas de madurez. El hombre del paraguas negro es una figura recurrente con la que manifiesta todos sus temores.
—Tranquilízate Alba, por favor, recuerda lo que hablamos la última vez: respira hondo y visualiza un recuerdo positivo —dice tras un largo suspiro.
De fondo le parece escuchar un ruido reconocible.
—¿Estás en el metro? —pregunta, para confirmar su sospecha.
—Sí.
Jaime cierra los ojos y trata de imaginarse la escena. Ahora entiende el motivo de aquella especie de cuchicheo en su voz.
—Dime que no es verdad Jaime por favor, dime que es solo una pesadilla, una alucinación —le ruega, desesperada.
—Alba, es muy importante que te tranquilices y que me escuches. Nadie te va a hacer daño.
—Tengo miedo. No deja de mirarme.
—A veces la gente te mira y no pasa nada, no quiere decir nada —dice tratando de sonar lo más sereno posible—. ¿Hay más personas? —pregunta después.
—Cerca no. Pero creo que… Oh, ¡Dios! Estoy temblando Jaime, ¿qué hago? —Su voz rasgada, pegada al micrófono del teléfono, le estremece.
—Está bien, aléjate si eso va a hacer que te sientas mejor. Cámbiate de vagón, pero despacio, sin ser muy descarada —le acaba sugiriendo—. Luego ya hablaremos de cómo debes manejar esto sin alterarte de esta manera.
—Vale.
Jaime espera mientras escucha los ruidos de fondo, sus pasos mezclados con el murmullo constante que produce el avance del vagón.
—¿Estás mejor?
—Sí —dice ella, a los pocos segundos.
—¿Así que es otra vez ese señor del paraguas negro?
—Ya te lo he dicho. Y me miraba de una manera que… ¡Joder! Se me ponen los pelos de punta —solloza, verdaderamente angustiada.
—Esto es nuevo, nunca lo habías visto sentado delante de ti. Solo de refilón, o su sombra —afirma, valorativo.
—Por eso estoy muerta de miedo.
—A veces ocurren estas cosas. Las casualidades existen Alba, forman parte del mundo que nos rodea. Piénsalo fríamente ¿Por qué alguien iba a hacerte algo malo? ¿Por qué razón? Todo eso solo está en tu cabeza.
—Anoche tuve otra vez ese sueño. No hay duda. Era él, es el mismo. Ese hombre venía a por mí y yo… ¡No estoy loca joder! —protesta con vehemencia.
—Nadie ha dicho eso —trata de calmarla de nuevo.
—Espera, la gente se está levantando —dice ella sobresaltada.
—¿Qué?
—Se van todos en esta parada, parece que el metro se vacía. No quiero quedarme a solas con él —le suplica otra vez con su murmullo ahogado.
—¿Dónde estás?
—En Xàtiva.
—Bueno, solo te quedaba una parada. Bájate del metro si quieres, el aire libre te sentará bien —le propone.
Los sonidos que le llegan poco después confirman que ella efectivamente está haciendo lo que acaba de proponerle.
—No, espera Jaime, no cuelgues —le escucha poco después agitada.
—¿Qué pasa?
—Creo que me está siguiendo.
Jaime resopla con cierta frustración.
—No empieces otra vez.
—Te lo digo muy en serio, acabo de verlo detrás de mí. Y me miraba fijamente.
—Alba no le des más vueltas, es una coincidencia. Tú misma has dicho que se iba a bajar mucha gente en la parada.
—No, no, yo sé lo que estoy viendo. Ojalá estuvieras aquí, no cuelgues por favor.
—En cuanto salgas a la calle desaparecerá, ya lo verás.
—Está justo detrás de mí —le susurra.
—Esto es absurdo.
Oye la puerta automática de salida de la estación del metro abrirse y cerrarse. Luego un gemido ahogado.
—¿Alba?
La llamada se corta.
—¡Mierda! —maldice mirando la pantalla de su móvil.
La llama inmediatamente. El teléfono está dando tono de llamada durante un rato, hasta que se corta. Marca otra vez, pero ahora salta directamente la alocución que le indica que el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Jaime empieza a preocuparse, y tras valorar rápidamente distintas opciones decide salir disparado hacia boca de metro que está justo debajo de su despacho, a solo unos pasos. Su entrada en la estación coincide con la llegada de la línea a su parada, deduce que tiene que ser el mismo en el que iba montada Alba. Por si acaso espera y echa un vistazo a los viajeros que se apean del vagón. Cuenta cinco personas, ninguna de ellas es Alba.
Cambia de andén al que circula en sentido contrario, según el aviso luminoso le quedan cinco minutos para llegar. Está de suerte, será la forma más rápida de llegar a la parada en la que se bajó ella. Mientras tanto sigue probando a llamarla, sin éxito.
—Vamos Alba, enciende el móvil. ¿Qué coño te pasa? —murmura para sí.
El metro llega a la hora prometida y le deja en la estación en apenas unos minutos. Es una estación grande, con al menos cuatro bocas, interconectada con varias líneas y con la estación de trenes de El Norte. Vuelve a comprobar el teléfono: nada. Está casi seguro de que ella salió de la estación, pero la cuestión es saber hacia cuál de las salidas se dirigió. Razona que, por seguridad, pudo haber seguido la estela de la mayoría de los viajeros, que suelen dirigirse precisamente a la estación de tren. Se dirige hacia allí, y mientras da vueltas repara en el operario del metro que hay en una de las ventanillas. Su figura aparece como algo providencial. Se trata de un hombre grande, de unos cincuenta años, con actitud cansada y apática, que no parece muy dispuesto a colaborar.
—Yo no me voy fijando en las personas, por aquí pasa mucha gente y yo estoy a lo mío —le dice con desgana.
Pero Jaime insiste.
—Es una chica bajita y delgada, veinticinco años, con el pelo claro, lleva unas mechas rosas.
—¿Con el pelo rosa? —el rostro del operario se ilumina de pronto.
—Sí.
—Una chica con el pelo rosa tuvo un percance ahí, sí —dice señalando un punto indeterminado—, hace un ratito.
—¿Unos veinte minutos? —le pregunta Jaime esperanzado.
—Sí, más o menos.
¡Bingo!
—¿Qué le ha pasado?
—Se ha caído ahí mismo, como si se hubiera desmayado.
—¿Desmayado?
—Sí, o un tropiezo, no lo sé. Yo estaba aquí en la cabina —se justifica, encogiéndose de hombros—. Pero un hombre que iba detrás de ella la ayudó.
—¿Y qué paso?
—Se fueron juntos. Ella parecía un poco desorientada, pero nada más.
—¿Cómo era la persona que la acompañaba? —le interroga, ávido de respuestas.
—Pues… No sé. Un señor, más o menos alto, mediana edad, parecía atento y educado.
—¿Recuerda la ropa que llevaba?
—Llevaba un abrigo negro.
—¿Gafas de sol?
—Sí.
—¿Y un paraguas negro?
—Si, puede ser.
—¿Por dónde se fueron?
El operario le señala unas escaleras en el lado opuesto, deseando librarse de una vez por todas de él. Jaime comprueba que son las que conducen a la calle Ruzafa y sale disparado hacia allí. La busca, avanza unos metros en círculos, pero no hay ni rastro de ella. El teléfono sigue sin dar señal. Al poco vuelve a bajar y se dirige de nuevo a la ventanilla.
—Creo que le ha pasado algo, hay que llamar a la policía.
—¿Cómo dice? —le pregunta el otro cáustico y hastiado de su presencia.
—Le digo que hay que llamar a la policía.
—La chica se ha caído y ha salido por su propio pie. Llame usted si quiere. Yo estoy trabajando —responde de mala gana.
Al cabo de otros veinte minutos aparecen los agentes David Hernández y Carolina Teruel, que se presentan ante Jaime en la estación con cierta parsimonia.
—Empecemos por el principio —le dice el policía que se presentó como David, es el que lleva la voz cantante y parece más bregado que su compañera.
Jaime vuelve a explicar de nuevo toda la historia, esta vez de forma menos atropellada y tratando de no omitir ningún detalle.
—Así que tenía una cita con ella, a las diez y media.
—Así es.
Mientras hablan, la agente Carolina Teruel va tomando escuetas notas y apuntes en una libreta.
—Y dice que es su paciente.
—Sí.
—¿Siempre se toma tantas molestias con sus pacientes? —le preguntan con un tono que no le gusta mucho.
—Es una paciente especial, ya le he dicho que estaba sufriendo una crisis cuando venía hacia aquí.
—¿Una crisis?
—Sí, le pasa a veces. Imagina cosas, como que alguien le persigue. Es una exteriorización de sus miedos y sus temores, un mecanismo de defensa —explica con paciencia, haciendo un poco de pedagogía.
—Ya —le corta—. ¿Y a qué hora dice que habló con ella por última vez?
—Diez y veintitrés —confirma tras revisar el registro de llamadas en su teléfono.
Los agentes empiezan a preguntar al operario, que cuenta de nuevo su versión de la caída y posterior salida de la estación de la chica acompañada del hombre misterioso, pero trasluciendo cada vez menor entusiasmo e interés en el asunto. Mientras hablan, Jaime repara por primera vez en las cámaras de seguridad de la estación.
—¿Podemos ver las imágenes?
La agente Teruel le dedica una sonrisilla indulgente.
—Olvídese de las cámaras. No podemos ver nada a menos que lo autorice un juez.
—Vamos a ver —dice esta vez el agente Hernández más serio—, la impresión que me da es que aquí no ha pasado nada. Es una chica que ha podido tener un pequeño desmayo y ha salido por su propio pie, que no conteste al teléfono no quiere decir nada —añade.
—No, le aseguro que lo que ha ocurrido no era normal, si no no les habría llamado. Ella estaba muy alterada, me estaba pidiendo ayuda, que no le colgara —trata de explicar con vehemencia—. Le repito que estaba sufriendo una crisis, pensaba que le perseguía el hombre que fue a ayudarla. Tengo motivos para estar preocupado —insiste.
Tras pensarlo un poco, rascarse la oreja y resoplar, el agente Hernández da aviso a las patrullas que están por la zona. Les da una descripción de la chica y les pide que echen un vistazo por el entorno de la Estación y la Plaza del Ayuntamiento. En menos de un minuto contestan desde un coche que está pasando por la calle Colón y otro policía de barrio que está patrullando por la Catedral, anunciando su disposición para mantener los ojos abiertos.
—Es todo lo que podemos hacer. Saldré yo también a mirar por las calles aledañas a la boca de metro, quédese aquí por favor —anuncia.
Jaime se queda a solas con la agente Teruel.
—Piense en alguien a quien pueda avisar para localizarla: familia, amigos, trabajo… —le dice ella, más conciliadora.
—Sus padres están separados. Por lo que sé su padre ahora está el extranjero, y su madre vive en las afueras, pero no se lleva demasiado bien con ella.
—¿Vive con su madre?
—No, vive en un piso de estudiantes cerca de Blasco Ibáñez.
—Pues es lo primero que tiene que hacer, averiguar si ella vuelve a casa a lo largo del día. Lo más probable es que no le haya pasado nada.
—Está en su último año de carrera, Geografía e Historia, y sé que tiene un trabajo esporádico en una heladería —prosigue, recopilando los datos que conoce sobre su vida privada.
—Nada —dice el agente Hernández de regreso, que a su vez está hablando con los compañeros de las patrullas cercanas—. Nadie ha visto nada raro por aquí, creo que podemos estar tranquilos.
—Bien, entonces lo mejor es que se calme y la busque en alguno de esos sitios —dice la agente retomando el hilo de la conversación anterior—. Probablemente pueda dar con ella en las próximas veinticuatro horas.
—Sí, no lo sé. Puede que tenga razón —dice Jaime, que empieza a darse por vencido.
—Entiendo su preocupación, es normal, pero debe dar un poco de tiempo. Si no apareciera y su familia no sabe nada de ella acudan a comisaría. Nuestro parte quedará en el retén, por si hiciera falta.
—Gracias.
Los policías le estrechan la mano.
—¿Nos vamos? —dice el agente Hernández a su compañera.
Jaime los ve alejarse con la misma parsimonia con la que entraron y decide coger el metro por inercia, con la idea de volver a la consulta. No puede dejar de mirar la pantalla del móvil, no se puede quitar la preocupación de la cabeza. Se monta al vagón algo aturdido y, tras sentarse, ve como justo después de la señal acústica que precede al cierre automático de las puertas alguien se desliza y se sube en el último momento.
Es un hombre corpulento, con un largo abrigo negro, gafas de sol, un paraguas negro en la mano derecha, el pelo gris muy corto y una expresión adusta y seria. Con aparentemente estudiada determinación toma asiento delante de él, despacio, y empieza a mirarlo fijamente. Jaime no puede creerlo. Dos casualidades en un mismo día es demasiado, tiene que tratarse de la misma persona que vio Alba en su trayecto y que tanto la había atemorizado.
Si es así está de suerte, porque podría aclararle qué le pasó a Alba y a dónde se dirigió. Solo que aquel hombre le inquieta un poco, no para de mirarle descaradamente y a Jaime la situación le resulta muy violenta. Ahora entiende por qué Alba se sentía tan intimidada. Tarda aún unos segundos en lanzarse, por pura vergüenza, buscando las mejores palabras con las que abordar a un completo desconocido.
—Perdone, sé que esto le va a parecer muy…
El hombre de pronto gira la cabeza y le ignora deliberadamente, lo que hace que Jaime se quede unos segundos estupefacto antes de darse cuenta de que el metro está desacelerando. Piensa que tal vez haya pensado que no iba con él la cosa o sencillamente no le apetezca hablar con nadie. Es, hasta cierto punto, comprensible.
—Perdón —vuelve decir, esta vez elevando el tono de voz.
Pero entonces se levanta y le da la espalda, cerrando de nuevo la posibilidad de diálogo. El vagón se detiene, acaban de llegar a la estación y Jaime ve cómo varias personas se agolpan en la puerta. El hombre del paraguas está el primero, y en cuanto se abren se desliza rápidamente y desaparece de su vista. Mala suerte, no podrá llegar a comprobarlo, se dice asimilando lo ocurrido. Todavía está pensando en ello cuando sube por las escaleras mecánicas, se gira un momento, y le parece distinguir su figura un poco más abajo. ¿Cómo es posible? Siente otra vez esa mirada fija y penetrante, acompañada por una media sonrisa. Un escalofrío recorre todo su cuerpo.
«¿Qué hago? ¿Es mejor dejarlo estar o abordarle de nuevo?», se pregunta. Al llegar a las filas de puertas automáticas de la estación, de nuevo la gente se mueve de forma un poco atropellada y vuelve a despistarse. Pero después de validar el billete y salir vuelve a notar su presencia detrás. Va a girarse a preguntarle, lo tiene decidido. Pero no llega a hacerlo, porque justo en ese momento dos enormes brazos se ciernen sobre él. Una mano enfundada en un guante de cuero negro lo sujeta fuertemente tapándole la boca y la nariz, y antes siquiera de que pueda reaccionar siente el pinchazo en el abdomen quemándole por dentro. Ahoga un grito de dolor, amortiguado por la mano que tapona su boca, y siente que las fuerzas empiezan a flaquear.
Sus rodillas se doblan, y el hombre acompaña su caída sujetando su cuerpo para que no se desplome de golpe. Lo deposita suavemente en el suelo al tiempo que el filo del objeto cortante va saliendo de su estómago lentamente lacerando la herida abierta, de la que empieza a manar sangre caliente a gran velocidad. Tendido en el suelo, sus sentidos se anulan y pierde fuerza, la visión se empieza a volver borrosa. Solo es capaz de percibir la silueta del hombre del paraguas negro alejándose de él, antes de sumirse en un profundo sueño.
