León no es solo el escenario de Estatuas en la nieve, es parte de su alma.
Sus calles, su historia, la piedra antigua, la niebla, el silencio del invierno y la fuerza de la montaña leonesa inspiran cada rincón de la novela.
Desde la Catedral de León hasta los callejones del Barrio Húmedo, la ciudad se convierte en un personaje más: vivo, misterioso e inolvidable.
1.- San Isidoro
No es casual que haya empezado este recorrido por los escenarios más destacados de Estatuas en la nieve por la joya del románico de la capital leonesa. De hecho, los más observadores ya os habréis dado cuenta de que San Isidoro aparece en la propia portada de la novela.
En el año 1222, el conjunto monástico de San Isidoro era uno de los lugares más importantes del Reino de León, y su fama como baluarte del saber y conocimiento de la época traspasaba sus fronteras. El Panteón real de San Isidoro, protagonista principal de la trama, está formado por una serie de bóvedas policromadas, considerado como la capilla sixtina del románico, y en su interior alberga las tumbas de los reyes leoneses.
En una de las imágenes podéis ver el aspecto de la entrada provisional del museo debido a la reforma en otoño de 2022. Para ambientar la novela realicé un recorrido minucioso por San Isidoro precisamente en este momento por un motivo muy concreto.
Por muchas razones, San Isidoro es uno de los escenarios principales de esta novela, pero… si quieres saber más, tendrás que adentrarte en sus páginas.
2.- La plaza del Grano
Se cree que donde hoy está la plaza del Grano había anteriormente una laguna, y que con motivo de su construcción se desecase y se empedrase para ello. Su origen es medieval, pudiéndola ubicar en el tiempo entre finales del siglo XV y principios del XVI.
La Plaza debe su nombre a su origen como mercado de cereales en la Alta Edad Media, ya que se convirtió en un punto de referencia para el comercio agrícola de la región, especialmente de trigo y cebada. Su posición estratégica, cerca de las rutas que accedían a la ciudad amurallada, la convirtió en un lugar clave para el intercambio de productos y para el abastecimiento de los peregrinos que seguían el Camino de Santiago. En torno a la plaza surgieron iglesias, posadas y casas que ofrecían descanso y refugio a comerciantes y viajeros. Con el paso del tiempo, este espacio también se transformó en centro de celebraciones populares, eventos religiosos y encuentros vecinales, dando forma a la plaza que hoy conocemos.
Esta plaza tiene una magia especial, algo que la conecta directamente con el León del pasado: Esa iglesia románica del siglo XI, su fuente de piedra, el característico suelo empedrado, los soportales… Para mí es, sin duda, uno de los rincones más bonitos de León.
La parte trasera de la iglesia románica de Santa María del Camino es un escenario protagonista de ambas épocas, tanto en la trama medieval como la actual. ¿Ya sabes en qué parte de la novela aparece? ¿Te atreves a descubrirlo?
3.- La catedral de León
Originariamente, en la actual ubicación de la catedral, la Legio VII Gemina había construido unas termas, con un tamaño superior al del actual edificio.
En el año 916 el rey Ordoño II, que hacía pocos meses había ocupado el trono de León, cedió su palacio para construir la primera catedral como señal de agradecimiento por la victoria en la batalla de San Esteban de Gormaz.
Con la ayuda de la infanta Urraca, se inicia la construcción de una segunda catedral, acorde con las aspiraciones de la ciudad, y de estilo románico. Esta iglesia, que ya tenía unas dimensiones considerables, fue consagrada el 10 de noviembre del año 1073 durante el reinado de Alfonso VI. Es de suponer que en ella trabajasen los mismos canteros que estaban construyendo la Basílica de San Isidoro de León.
La construcción de la tercera y definitiva catedral gótica se inicia hacia el año 1205 bajo el reinado de Alfonso IX, último rey privativo de León; pero los problemas constructivos de los cimientos hicieron que pronto las obras quedaran paralizadas, y no se reemprendiera la tarea hasta el año 1255, con el apoyo del rey Alfonso X y se cree que bajo la dirección del maestro Enrique.
En el siglo XIX tuvo que prácticamente desmontarse y volverse a levantar, debido a los graves problemas de conservación que amenazaban derrumbes.
Hoy en día es, sin duda, el símbolo por excelencia de la ciudad de León.
4.- La antigua judería de Puente Castro
Un lugar y unos hechos poco conocidos, que ocupan un lugar importante tanto en la trama histórica como la del presente.
La antigua judería de León Se encontraba en la ladera sur del cerro de la Mota, en Puente Castro, un lugar estratégico cercano al Camino de Santiago. Fue la primera y más importante aljama judía de la ciudad, establecida en el siglo X en un asentamiento fortificado conocido como Castrum Iudeorum, a las afueras de la ciudad, junto al río Torío.
Entre los siglos X y XII fue la principal judería leonesa, con una comunidad organizada, sinagogas, escuelas y talleres, destacando en oficios como la orfebrería y el curtido de pieles.
En el año 1196 fue asediada por las tropas de Castilla en su enfrentamiento con el reino de León, siendo incendiada y saqueada. Este hecho llevó a la dispersión de sus habitantes, que cruzaron el río y se reasentaron dentro de las murallas de León, fundando nuevas juderías como la de Santa Ana.
El monumento a los judíos en Puente Castro (León) es un pequeño monolito de piedra, levantado en 1997, que recuerda la importante judería medieval que existió en el lugar.
5.- Las Médulas
En León lo conocemos bien, pero hay pocos lugares en el mundo que se le parezcan. Hay pocos lugares tan impresionantes como este, y que conecten de una forma tan bonita nuestro pasado y nuestro presente.
Por eso Las Médulas tenía que estar en esta novela, y por eso casi se me parte el alma cuando las llamas lo cercaron el pasado verano.
Las Médulas es un entorno paisajístico espectacular formado por una antigua explotación minera de oro romana situado en la región de El Bierzo. Está considerada la mayor mina de oro a cielo abierto de todo el Imperio romano.
Fue declarado Bien de Interés Cultural en 1996, en atención a su interés arqueológico. Un año después el conjunto fue declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, y como Monumento Natural en 2002.
El sistema utilizado era el llamado ruina montium. El agua de los riachuelos de montaña se canalizaba y embalsaba en la parte superior de la explotación; la montaña se horadaba con una cuidadosa red de galerías muy pendientes, soltando el agua a través de ellas. La fuerza del agua deshacía la montaña y arrastraba las tierras auríferas hasta los lavaderos. El sistema hidráulico de las Médulas es el más espectacular de los conocidos, por la cantidad de agua utilizada y la longitud y el gran número de ramificaciones de sus canales.
Abandonada la explotación en el siglo III, la vegetación autóctona fue de nuevo adueñándose del lugar: robles, encinas y carrascas. A la vez se expandió el cultivo del castaño, del que hoy pueden verse numerosos ejemplares en el parque, algunos de ellos catalogados como árboles centenarios. Todo esto dio como resultado el surgimiento de un entorno espectacular caracterizado por las caprichosas formas del terreno, formado por arenas rojizas perfectamente integradas con la vegetación.
6.- San Salvador de Palat del Rey
En el corazón del barrio húmedo, en el cruce de las calles de El Pozo y Conde Luna, hay una joya poco conocida y casi condenada al olvido; un escenario que aparece también por sorpresa en la trama de Estatuas en la nieve, cuando nadie se lo espera.
San Salvador de Palat del Rey está considerada como la iglesia más antigua conocida de la ciudad de León.
Perteneció a un monasterio fundado por el rey Ramiro II de León, construido entre 931-951 junto a su palacio y destinado a su hija Elvira Ramírez que ingresó en él como monja abadesa. También acogió el primer panteón real leonés, hasta su traslado posterior a San Isidoro.
Con la incursión de Almanzor en 988, el complejo sufriría una importante devastación. Más tarde se iniciaron restauraciones en la iglesia que llegó a ser parroquia, aunque alcanzó los primeros años del siglo XX en un estado de abandono tal que a punto estuvo a punto de ser destruida. Una bóveda de piedra es lo único que se conserva de la construcción original.
Se salvó gracias al estudio arquitectónico del arqueólogo Juan Crisóstomo Torbado y al estudio histórico de Manuel Gómez-Moreno; ambos demostraron la importancia de conservar un edificio de gran valor en la historia del reino de León y por lo tanto en la historia de España. En 2006 tuvo lugar la última restauración y puesta en valor de esta iglesia tan antigua. Fue declarada Bien de Interés Cultural en 1931.
7.- Casa Botines
Originalmente era un almacén comercial y residencia particular. Construido y diseñado por el arquitecto Antoni Gaudí entre 1891 y 1892, es una de sus tres obras fuera de Cataluña, junto con el Palacio Episcopal de Astorga —también en la provincia de León― y El Capricho de Comillas, en Cantabria.
La ciudad de León se encontraba a inicios del siglo XIX en cierto estancamiento tras su glorioso pasado medieval, aunque esta situación cambió con la llegada del ferrocarril en 1860, que, junto con el auge de la minería del carbón, convirtió a la ciudad en un importante enclave comercial entre el norte y el centro de la península ibérica.
En León se asentó en 1834 una prendería regentada por el comerciante catalán Juan Homs y Botines, dedicada a la compraventa de tejidos.
Pero sería años más tarde cuando, los herederos de aquel próspero negocio, decidieron levantar un nuevo edificio y encargar su diseño y construcción a un joven y prometedor arquitecto llamado Antoni Gaudí.
Gaudí se trasladó a León con su equipo de maestros y oficiales, donde no había obreros especializados, pero sí canteros que trabajaban en la restauración de la catedral. Las obras comenzaron el 4 de enero de 1892. La construcción estuvo rodeada de intrigas y malos augurios, que Gaudí zanjó pidiendo por escrito y firmados todos los informes técnicos contrarios para, una vez terminada la casa, exponerlos en un sitio visible del vestíbulo.
¿Conoces este increíble monumento leonés? ¿Sabes cuál es el vínculo de Botines con Estatuas en la nieve?
8.- Valdorria
Valdorria es un escenario muy especial, por todo lo que significa para los protagonistas y para la trama de esta historia.
Disfruté muchísimo recorriendo sus calles entre paredes de piedra, la subida a la ermita de San Froilan, su espectacular relieve y su belleza salvaje.
🌳El bosque de las Hadas me pareció un sitio mágico, un paseo muy recomendable en el que encontré ese remanso de paz tan necesario para desconectar del ruido de la ciudad, como en Estatuas en la nieve les sucede a Ferreira y a Acosta.
En definitiva, Valdorria es un escenario magnífico, como tantos otros pueblos preciosos de la montaña leonesa, perfecto para ambientar Estatuas en la nieve.
Un lugar al que siempre volveré.
9.- Astorga
Asturica Augusta para los romanos, Estorga en el leonés de la Maragatería.
Parada obligada del camino de Santiago. Eterno cruce de caminos entre el Páramo leonés y los montes de León, entre las comarcas de la Maragatería, La Cepeda y la Ribera del Órbigo.
Una de las diócesis más extensas y antiguas de España, cuya jurisdicción abarca la mitad de la provincia de León y parte de las de Orense y Zamora. Y con un palacio episcopal diseñado por el mismísimo Gaudí.
¿Sabes cuál es el vínculo de Astorga y la Maragatería con Estatuas en la nieve?
10.- Puente de San Marcos
Este es uno más de los puentes que en la novela unen el pasado y el presente, el León del siglo XIII con el del siglo XXI.
Aunque no existen evidencias concluyentes de un origen romano para el Puente de San Marcos, su ubicación estratégica sobre el río Bernesga sugiere la posibilidad de una estructura primitiva en tiempos de la Legio VII Gemina.
La primera mención documentada del puente data de 1152, cuando Sancha Raimúndez, hermana del rey Alfonso VII, donó el puente y sus alrededores al arcediano don Arias, con el propósito de construir una iglesia, un hospital para peregrinos y viviendas para los encargados del mantenimiento del puente.
Estando íntimamente ligado al Camino de Santiago y al convento de San Marcos, y siendo uno de los pasos más antiguos del río, a lo largo de los siglos el puente ha experimentado diversas reconstrucciones y reparaciones debido a daños causados por inundaciones y el paso del tiempo. En el siglo XVI, bajo la dirección de Leonardo de la Cajiga, se llevó a cabo una reconstrucción significativa que le otorgó gran parte de su apariencia actual.
En 1975, se realizó una ampliación cuidadosa que desplazó el puente aguas abajo para adaptarlo a las necesidades modernas, manteniendo su integridad histórica y arquitectónica
Debido al pequeño galibo de su paso inferior por el Paseo Salamanca, en León también se le conoce como el puente destructor de camiones. Pero… ¿sabes qué escena sucede bajo los arcos de este puente?
11.- Filiel
Oplus_131074
Con Filiel pongo el broche final al recorrido por los escenarios de Estatuas en la nieve. Y no es casualidad.
Reconozco que le había dado muchas vueltas a esta parte de la historia, que pasé mucho tiempo buscando un lugar que simbolizara ese nexo con los primeros pobladores de estas tierras, los que pusieron la semilla de las leyendas y la cultura más ancestral que todavía hoy se siente presente de alguna manera.
Llegué aquí por casualidad, como casi siempre sucede, una cosa me llevó a la otra y empecé a oír historias sobre el culto a una montaña sagrada, altares de piedra y petroglifos del neolítico en rincones perdidos de la Maragatería.
Decidí buscar esas huellas, recorrer esos caminos, contemplar por mí mismo las piedras y el paisaje. Una vieja carretera que serpenteaba entre valles y rocas agrestes me llevó hasta el pueblo de Filiel. Y entonces supe que lo había encontrado, era ahí, tenía que ser ahí. Era el final del camino, al fondo solo estaba la montaña, el Teleno.
Si quieres saber por qué, tendrás que adentrarte en las páginas de Estatuas en la nieve.
El psicólogo Jaime Guevara es un hombre seguro de sí mismo, de esos que tienen las ideas muy claras. Con veintiocho años decidió abrir un gabinete de Psicología Clínica y Terapia de la Conducta en un sofisticado despacho del centro de Valencia. Fue una apuesta fuerte, pero no le ha ido nada mal. De hecho, al cabo de solo dos años el sueldo le permitía cubrir holgadamente el alquiler, el sueldo de su secretaria y su propia remuneración, más que digna. Se siente muy orgulloso de ello, y de la estabilidad y reputación que ha adquirido ahora, casi siete años después.
Jaime nunca trabaja los domingos, pero con Alba ha hecho una excepción. Le ha llamado a eso de las nueve y media llorando y con la angustia pegada en la voz, y al final le ha dado cita para las diez y media. Él estaba desayunando con Laura, su chica, y la cara que ha puesto es de las que van a necesitar una sobredosis de esfuerzo para deshacer el evidente mosqueo.
—Es esa chica, ¿verdad?
Su mirada le basta para confirmar la sospecha.
—¿De verdad Jaime? ¿No puede esperar a mañana?
—No, no puede.
—¿Por qué le diste tu número?
—Necesita ayuda. No tiene a nadie. Tú harías lo mismo, ya lo hemos hablado.
Laura hace una mueca y resopla frustrada, sin poder borrar de su cara el patente disgusto.
—Al mediodía te cuento. Te compensaré, lo prometo —le dice robándole un beso, tal vez demasiado frío.
Rehúsa dar más explicaciones y se marcha dejando aquella desagradable sensación de culpabilidad flotando en el ambiente. Jaime sabe que puede estar poniendo a prueba su relación y la paciencia de Laura, pero es que Alba Sierra es una paciente muy especial. Nunca se había enfrentado a nada parecido, su mente es un fabuloso rompecabezas que él se ha empeñado en desentrañar. Sus pacientes rara vez le sorprenden de aquella forma o se salen de los patrones habituales; pero con ella siente la continua necesidad de profundizar, de saber más, en definitiva, de ayudarla.
Ha salido de casa corriendo y consigue llegar a su despacho a las diez y cuarto. En ese momento vuelve a sonar el móvil: es Alba.
—Tengo miedo —su voz suena apenas audible, como un susurro.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Está sentado delante de mí.
—¿Quién?
—Es él, estoy segura. Es igual que en el sueño.
—¿De qué me estás hablando?
—El hombre del paraguas negro. Viene a por mí. Lo sé.
Jaime comprende que está teniendo otro de sus episodios. Son la respuesta de su cerebro a un cóctel explosivo: traumas infantiles, adolescencia difícil, problemas de madurez. El hombre del paraguas negro es una figura recurrente con la que manifiesta todos sus temores.
—Tranquilízate Alba, por favor, recuerda lo que hablamos la última vez: respira hondo y visualiza un recuerdo positivo —dice tras un largo suspiro.
De fondo le parece escuchar un ruido reconocible.
—¿Estás en el metro? —pregunta, para confirmar su sospecha.
—Sí.
Jaime cierra los ojos y trata de imaginarse la escena. Ahora entiende el motivo de aquella especie de cuchicheo en su voz.
—Dime que no es verdad Jaime por favor, dime que es solo una pesadilla, una alucinación —le ruega, desesperada.
—Alba, es muy importante que te tranquilices y que me escuches. Nadie te va a hacer daño.
—Tengo miedo. No deja de mirarme.
—A veces la gente te mira y no pasa nada, no quiere decir nada —dice tratando de sonar lo más sereno posible—. ¿Hay más personas? —pregunta después.
—Cerca no. Pero creo que… Oh, ¡Dios! Estoy temblando Jaime, ¿qué hago? —Su voz rasgada, pegada al micrófono del teléfono, le estremece.
—Está bien, aléjate si eso va a hacer que te sientas mejor. Cámbiate de vagón, pero despacio, sin ser muy descarada —le acaba sugiriendo—. Luego ya hablaremos de cómo debes manejar esto sin alterarte de esta manera.
—Vale.
Jaime espera mientras escucha los ruidos de fondo, sus pasos mezclados con el murmullo constante que produce el avance del vagón.
—¿Estás mejor?
—Sí —dice ella, a los pocos segundos.
—¿Así que es otra vez ese señor del paraguas negro?
—Ya te lo he dicho. Y me miraba de una manera que… ¡Joder! Se me ponen los pelos de punta —solloza, verdaderamente angustiada.
—Esto es nuevo, nunca lo habías visto sentado delante de ti. Solo de refilón, o su sombra —afirma, valorativo.
—Por eso estoy muerta de miedo.
—A veces ocurren estas cosas. Las casualidades existen Alba, forman parte del mundo que nos rodea. Piénsalo fríamente ¿Por qué alguien iba a hacerte algo malo? ¿Por qué razón? Todo eso solo está en tu cabeza.
—Anoche tuve otra vez ese sueño. No hay duda. Era él, es el mismo. Ese hombre venía a por mí y yo… ¡No estoy loca joder! —protesta con vehemencia.
—Nadie ha dicho eso —trata de calmarla de nuevo.
—Espera, la gente se está levantando —dice ella sobresaltada.
—¿Qué?
—Se van todos en esta parada, parece que el metro se vacía. No quiero quedarme a solas con él —le suplica otra vez con su murmullo ahogado.
—¿Dónde estás?
—En Xàtiva.
—Bueno, solo te quedaba una parada. Bájate del metro si quieres, el aire libre te sentará bien —le propone.
Los sonidos que le llegan poco después confirman que ella efectivamente está haciendo lo que acaba de proponerle.
—No, espera Jaime, no cuelgues —le escucha poco después agitada.
—¿Qué pasa?
—Creo que me está siguiendo.
Jaime resopla con cierta frustración.
—No empieces otra vez.
—Te lo digo muy en serio, acabo de verlo detrás de mí. Y me miraba fijamente.
—Alba no le des más vueltas, es una coincidencia. Tú misma has dicho que se iba a bajar mucha gente en la parada.
—No, no, yo sé lo que estoy viendo. Ojalá estuvieras aquí, no cuelgues por favor.
—En cuanto salgas a la calle desaparecerá, ya lo verás.
—Está justo detrás de mí —le susurra.
—Esto es absurdo.
Oye la puerta automática de salida de la estación del metro abrirse y cerrarse. Luego un gemido ahogado.
—¿Alba?
La llamada se corta.
—¡Mierda! —maldice mirando la pantalla de su móvil.
La llama inmediatamente. El teléfono está dando tono de llamada durante un rato, hasta que se corta. Marca otra vez, pero ahora salta directamente la alocución que le indica que el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Jaime empieza a preocuparse, y tras valorar rápidamente distintas opciones decide salir disparado hacia boca de metro que está justo debajo de su despacho, a solo unos pasos. Su entrada en la estación coincide con la llegada de la línea a su parada, deduce que tiene que ser el mismo en el que iba montada Alba. Por si acaso espera y echa un vistazo a los viajeros que se apean del vagón. Cuenta cinco personas, ninguna de ellas es Alba.
Cambia de andén al que circula en sentido contrario, según el aviso luminoso le quedan cinco minutos para llegar. Está de suerte, será la forma más rápida de llegar a la parada en la que se bajó ella. Mientras tanto sigue probando a llamarla, sin éxito.
—Vamos Alba, enciende el móvil. ¿Qué coño te pasa? —murmura para sí.
El metro llega a la hora prometida y le deja en la estación en apenas unos minutos. Es una estación grande, con al menos cuatro bocas, interconectada con varias líneas y con la estación de trenes de El Norte. Vuelve a comprobar el teléfono: nada. Está casi seguro de que ella salió de la estación, pero la cuestión es saber hacia cuál de las salidas se dirigió. Razona que, por seguridad, pudo haber seguido la estela de la mayoría de los viajeros, que suelen dirigirse precisamente a la estación de tren. Se dirige hacia allí, y mientras da vueltas repara en el operario del metro que hay en una de las ventanillas. Su figura aparece como algo providencial. Se trata de un hombre grande, de unos cincuenta años, con actitud cansada y apática, que no parece muy dispuesto a colaborar.
—Yo no me voy fijando en las personas, por aquí pasa mucha gente y yo estoy a lo mío —le dice con desgana.
Pero Jaime insiste.
—Es una chica bajita y delgada, veinticinco años, con el pelo claro, lleva unas mechas rosas.
—¿Con el pelo rosa? —el rostro del operario se ilumina de pronto.
—Sí.
—Una chica con el pelo rosa tuvo un percance ahí, sí —dice señalando un punto indeterminado—, hace un ratito.
—Se ha caído ahí mismo, como si se hubiera desmayado.
—¿Desmayado?
—Sí, o un tropiezo, no lo sé. Yo estaba aquí en la cabina —se justifica, encogiéndose de hombros—. Pero un hombre que iba detrás de ella la ayudó.
—¿Y qué paso?
—Se fueron juntos. Ella parecía un poco desorientada, pero nada más.
—¿Cómo era la persona que la acompañaba? —le interroga, ávido de respuestas.
—Pues… No sé. Un señor, más o menos alto, mediana edad, parecía atento y educado.
—¿Recuerda la ropa que llevaba?
—Llevaba un abrigo negro.
—¿Gafas de sol?
—Sí.
—¿Y un paraguas negro?
—Si, puede ser.
—¿Por dónde se fueron?
El operario le señala unas escaleras en el lado opuesto, deseando librarse de una vez por todas de él. Jaime comprueba que son las que conducen a la calle Ruzafa y sale disparado hacia allí. La busca, avanza unos metros en círculos, pero no hay ni rastro de ella. El teléfono sigue sin dar señal. Al poco vuelve a bajar y se dirige de nuevo a la ventanilla.
—Creo que le ha pasado algo, hay que llamar a la policía.
—¿Cómo dice? —le pregunta el otro cáustico y hastiado de su presencia.
—Le digo que hay que llamar a la policía.
—La chica se ha caído y ha salido por su propio pie. Llame usted si quiere. Yo estoy trabajando —responde de mala gana.
Al cabo de otros veinte minutos aparecen los agentes David Hernández y Carolina Teruel, que se presentan ante Jaime en la estación con cierta parsimonia.
—Empecemos por el principio —le dice el policía que se presentó como David, es el que lleva la voz cantante y parece más bregado que su compañera.
Jaime vuelve a explicar de nuevo toda la historia, esta vez de forma menos atropellada y tratando de no omitir ningún detalle.
—Así que tenía una cita con ella, a las diez y media.
—Así es.
Mientras hablan, la agente Carolina Teruel va tomando escuetas notas y apuntes en una libreta.
—Y dice que es su paciente.
—Sí.
—¿Siempre se toma tantas molestias con sus pacientes? —le preguntan con un tono que no le gusta mucho.
—Es una paciente especial, ya le he dicho que estaba sufriendo una crisis cuando venía hacia aquí.
—¿Una crisis?
—Sí, le pasa a veces. Imagina cosas, como que alguien le persigue. Es una exteriorización de sus miedos y sus temores, un mecanismo de defensa —explica con paciencia, haciendo un poco de pedagogía.
—Ya —le corta—. ¿Y a qué hora dice que habló con ella por última vez?
—Diez y veintitrés —confirma tras revisar el registro de llamadas en su teléfono.
Los agentes empiezan a preguntar al operario, que cuenta de nuevo su versión de la caída y posterior salida de la estación de la chica acompañada del hombre misterioso, pero trasluciendo cada vez menor entusiasmo e interés en el asunto. Mientras hablan, Jaime repara por primera vez en las cámaras de seguridad de la estación.
—¿Podemos ver las imágenes?
La agente Teruel le dedica una sonrisilla indulgente.
—Olvídese de las cámaras. No podemos ver nada a menos que lo autorice un juez.
—Vamos a ver —dice esta vez el agente Hernández más serio—, la impresión que me da es que aquí no ha pasado nada. Es una chica que ha podido tener un pequeño desmayo y ha salido por su propio pie, que no conteste al teléfono no quiere decir nada —añade.
—No, le aseguro que lo que ha ocurrido no era normal, si no no les habría llamado. Ella estaba muy alterada, me estaba pidiendo ayuda, que no le colgara —trata de explicar con vehemencia—. Le repito que estaba sufriendo una crisis, pensaba que le perseguía el hombre que fue a ayudarla. Tengo motivos para estar preocupado —insiste.
Tras pensarlo un poco, rascarse la oreja y resoplar, el agente Hernández da aviso a las patrullas que están por la zona. Les da una descripción de la chica y les pide que echen un vistazo por el entorno de la Estación y la Plaza del Ayuntamiento. En menos de un minuto contestan desde un coche que está pasando por la calle Colón y otro policía de barrio que está patrullando por la Catedral, anunciando su disposición para mantener los ojos abiertos.
—Es todo lo que podemos hacer. Saldré yo también a mirar por las calles aledañas a la boca de metro, quédese aquí por favor —anuncia.
Jaime se queda a solas con la agente Teruel.
—Piense en alguien a quien pueda avisar para localizarla: familia, amigos, trabajo… —le dice ella, más conciliadora.
—Sus padres están separados. Por lo que sé su padre ahora está el extranjero, y su madre vive en las afueras, pero no se lleva demasiado bien con ella.
—¿Vive con su madre?
—No, vive en un piso de estudiantes cerca de Blasco Ibáñez.
—Pues es lo primero que tiene que hacer, averiguar si ella vuelve a casa a lo largo del día. Lo más probable es que no le haya pasado nada.
—Está en su último año de carrera, Geografía e Historia, y sé que tiene un trabajo esporádico en una heladería —prosigue, recopilando los datos que conoce sobre su vida privada.
—Nada —dice el agente Hernández de regreso, que a su vez está hablando con los compañeros de las patrullas cercanas—. Nadie ha visto nada raro por aquí, creo que podemos estar tranquilos.
—Bien, entonces lo mejor es que se calme y la busque en alguno de esos sitios —dice la agente retomando el hilo de la conversación anterior—. Probablemente pueda dar con ella en las próximas veinticuatro horas.
—Sí, no lo sé. Puede que tenga razón —dice Jaime, que empieza a darse por vencido.
—Entiendo su preocupación, es normal, pero debe dar un poco de tiempo. Si no apareciera y su familia no sabe nada de ella acudan a comisaría. Nuestro parte quedará en el retén, por si hiciera falta.
—Gracias.
Los policías le estrechan la mano.
—¿Nos vamos? —dice el agente Hernández a su compañera.
Jaime los ve alejarse con la misma parsimonia con la que entraron y decide coger el metro por inercia, con la idea de volver a la consulta. No puede dejar de mirar la pantalla del móvil, no se puede quitar la preocupación de la cabeza. Se monta al vagón algo aturdido y, tras sentarse, ve como justo después de la señal acústica que precede al cierre automático de las puertas alguien se desliza y se sube en el último momento.
Es un hombre corpulento, con un largo abrigo negro, gafas de sol, un paraguas negro en la mano derecha, el pelo gris muy corto y una expresión adusta y seria. Con aparentemente estudiada determinación toma asiento delante de él, despacio, y empieza a mirarlo fijamente. Jaime no puede creerlo. Dos casualidades en un mismo día es demasiado, tiene que tratarse de la misma persona que vio Alba en su trayecto y que tanto la había atemorizado.
Si es así está de suerte, porque podría aclararle qué le pasó a Alba y a dónde se dirigió. Solo que aquel hombre le inquieta un poco, no para de mirarle descaradamente y a Jaime la situación le resulta muy violenta. Ahora entiende por qué Alba se sentía tan intimidada. Tarda aún unos segundos en lanzarse, por pura vergüenza, buscando las mejores palabras con las que abordar a un completo desconocido.
—Perdone, sé que esto le va a parecer muy…
El hombre de pronto gira la cabeza y le ignora deliberadamente, lo que hace que Jaime se quede unos segundos estupefacto antes de darse cuenta de que el metro está desacelerando. Piensa que tal vez haya pensado que no iba con él la cosa o sencillamente no le apetezca hablar con nadie. Es, hasta cierto punto, comprensible.
—Perdón —vuelve decir, esta vez elevando el tono de voz.
Pero entonces se levanta y le da la espalda, cerrando de nuevo la posibilidad de diálogo. El vagón se detiene, acaban de llegar a la estación y Jaime ve cómo varias personas se agolpan en la puerta. El hombre del paraguas está el primero, y en cuanto se abren se desliza rápidamente y desaparece de su vista. Mala suerte, no podrá llegar a comprobarlo, se dice asimilando lo ocurrido. Todavía está pensando en ello cuando sube por las escaleras mecánicas, se gira un momento, y le parece distinguir su figura un poco más abajo. ¿Cómo es posible? Siente otra vez esa mirada fija y penetrante, acompañada por una media sonrisa. Un escalofrío recorre todo su cuerpo.
«¿Qué hago? ¿Es mejor dejarlo estar o abordarle de nuevo?», se pregunta. Al llegar a las filas de puertas automáticas de la estación, de nuevo la gente se mueve de forma un poco atropellada y vuelve a despistarse. Pero después de validar el billete y salir vuelve a notar su presencia detrás. Va a girarse a preguntarle, lo tiene decidido. Pero no llega a hacerlo, porque justo en ese momento dos enormes brazos se ciernen sobre él. Una mano enfundada en un guante de cuero negro lo sujeta fuertemente tapándole la boca y la nariz, y antes siquiera de que pueda reaccionar siente el pinchazo en el abdomen quemándole por dentro. Ahoga un grito de dolor, amortiguado por la mano que tapona su boca, y siente que las fuerzas empiezan a flaquear.
Sus rodillas se doblan, y el hombre acompaña su caída sujetando su cuerpo para que no se desplome de golpe. Lo deposita suavemente en el suelo al tiempo que el filo del objeto cortante va saliendo de su estómago lentamente lacerando la herida abierta, de la que empieza a manar sangre caliente a gran velocidad. Tendido en el suelo, sus sentidos se anulan y pierde fuerza, la visión se empieza a volver borrosa. Solo es capaz de percibir la silueta del hombre del paraguas negro alejándose de él, antes de sumirse en un profundo sueño.
Era una noche muy oscura, eso lo recuerdo bien. Regresaba a casa solo después de una jornada con amigos que quizá se había alargado un poco más de la cuenta. Sería un viernes de madrugada, a eso de las cinco de la mañana, en ese intervalo de tiempo en el que ya empieza a ser tarde para el alboroto de las juergas nocturnas y a la vez demasiado temprano para que nadie haya empezado su jornada todavía.
Empecé a sentirme extrañamente intranquilo y nervioso recorriendo las calles desiertas. Por alguna razón, ese momento en que las ciudades duermen y están tan calladas siempre me ha parecido muy inquietante. El eco cadencioso de mis pasos resonaba como un extemporáneo latido arrítmico en la densa atmósfera nocturna; y la luz macilenta de las farolas que salpicaban la calle, cual aletargadas luciérnagas, resultaba del todo insuficiente para contrarrestar la ausencia de claridad. No pude evitar poner todos mis sentidos en estado de alerta; un eco lejano, una sombra, un misterioso transeúnte silencioso, cualquier cosa inofensiva era susceptible de parecerme un tanto siniestra y perturbadora.
Caminaba con paso firme y ligero, tratando de apartar los miedos de la cabeza y llegar pronto a casa, y no respiré con cierto alivio hasta que no crucé el portal del edificio casi sin darme cuenta, mecánicamente. A cubierto ya me creía a salvo, o casi, pues entonces regresaron los irracionales desvelos: otra vez mis pasos que resuenan más de la cuenta, ese ruido del ascensor que parece amplificado, el murmullo del temporizador del interruptor de la luz, y de fondo ese silencio tan profundo y ominoso que se lo come todo.
Sin poder desprenderme del todo de aquel molesto run-run de fondo en mi cabeza, giré la llave y encendí rápido la luz del recibidor. Sí, menos mal, allí estaba todo tal y como lo recordaba. Avancé por el pasillo más resuelto. «¿Por qué iba a tener miedo de mi propia casa? Una rápida visita al baño y me meto en la cama», me dije. No me libraba aún de ese silencio incómodo, ni de los misteriosos ruidos nocturnos que en las casas a veces resuenan y después se pierden en la nada cual relámpagos; pero era diferente, ya estaba en mi hogar.
«¡Qué tonto soy! —pienso a veces—, a mi edad teniendo que lidiar con esos miedos absurdos». He asumido que nunca podré librarme de ellos. Son sensaciones que me invaden y se desvanecen muy rápido. Parecen controladas y, de pronto, reaparecen en su pugna con la consciencia de una racionalización más serena, como estrellas fugaces que se esfuman dejando un poso insondable tras de sí. Estaba cansado, muy cansado, y era quizás lo único que prevalecía invariablemente en ese momento. Estirarme en la cama y cerrar los ojos, eso sí que era un pensamiento tranquilizador. Después, siempre amanece y la luz del sol hace desaparecer todos esos fantasmas.
Pero no podía acostarme todavía, aún no. Pugnando con el sueño, emergió de mis entrañas un hambre feroz. «¿Por qué me tendrá que entrar el hambre a esas horas? ¡Qué inoportuna desazón!», farfullé con fastidio. «Bueno, un breve paso por la cocina y ya está, solucionado», resolví al fin.
De modo que, ahí estaba, de nuevo accionando todas las luces a mi paso. La de la cocina siempre tarda un poco, parpadea, jugando con las sombras misteriosas de forma intermitente. Impaciente, maldije al que inventó los tubos fluorescentes. Pero como si ellos pudieran percibir mis inaudibles imprecaciones, enseguida me devuelven una poderosa luz blanca, nítida y constante, tranquilizadora. ¡Qué alivio!
Pensando en algo rápido y placentero: leche, cola-cao, galletas, cereales —no iba a complicarme mucho—, descubro en la nevera un cartón de leche empezado, encajado en la repisa de la puerta. Ahí está, lo cojo. Todo esto fue más o menos lo que ocurrió. Todo normal, nada raro, antes de encontrarme cara a cara con la cosa.
Fue un instante fugaz, un microsegundo. Un inocente y despreocupado vistazo rápido al interior de la nevera antes de cerrar la puerta en el que mis ojos captaron algo extraño, totalmente fuera de lo común.
«¿Qué narices era eso?», fue lo que pensé mientras se me erizaba el vello y trataba de reponerme del sobresalto. En el cajón verdulero —o como se llame ese contenedor de plástico que hay siempre en la parte baja de los frigoríficos—, guardaba yo una lechuga más o menos fresca en una bolsa de plástico, estoy seguro de ello. Pero la lechuga ya no estaba. Había desparecido, engullida por una asquerosa cosa gris de aspecto horrible.
No puede ser —me decía mi cerebro racional tratando de buscar alguna explicación lógica a toda velocidad—: sería moho, gusanos, un nido de insectos, o todo a la vez. Quizás el efecto distorsionador del cristal transparente y la bolsa de plástico producirían aquel efecto visual tan poco común. Sí, era algo más o menos plausible. Pero había que abrir el cajón y averiguarlo; me armé de valor.
A medida que lo deslizaba y empezaba a vislumbrar su contenido, sentía un oscuro estremecimiento recorrer todo mi cuerpo. Intriga, miedo, asco, terror, pánico… Sensaciones que se fueron sucediendo, mezclando y apoderándose de mí al tiempo que aquello tomaba forma nítidamente ante mis ojos.
No sabría muy bien cómo definirlo. Una masa informe de aspecto viscoso, recubierta por una especie de película verrugosa de un color gris pardusco que recordaba a la podredumbre. Un auténtico horror, un cuadro verdaderamente repugnante. ¡¿Pero qué demonios era eso?!
Traté de serenarme, de calmar los nervios. «Esto tiene que tener una explicación», me gritaba a voces mi cabeza pensante. Retiré completamente el cajón de la nevera y lo deposité sobre la encimera para examinarlo mejor.
Entonces lo vi moverse. Sí, estoy seguro. Un movimiento sinuoso y tembloroso, como la gelatina. La cosa parecía estar agradecida de haber salido a la luz y su masa deforme pretender salir de la bolsa. Instintivamente retrocedí un poco. ¿Qué es esto? ¿Es una broma de mal gusto? ¿Es este el nuevo tipo de parásito que viene con las lechugas? Aquella cosa no solo producía pavor y arcadas, escapaba a toda lógica posible.
No sé muy bien por qué lo hice, pero lo hice. Mi curiosidad pudo más que mi agarrotamiento mental y físico. Saqué la bolsa del cajón verdulero y la arrojé con repelús en el fregadero. A pesar del rápido paso por mis manos, me pareció que la cosa pesaba un poco más de lo que esperaba. Y seguía moviéndose, y me miraba. Juro que me miraba, con unos pequeños ojillos negros como el carbón, que se le abrían y cerraban emergiendo de sus muchos orificios verrugosos.
La impactante visión me paralizó y ahogó un grito que emergía de lo más profundo de mis entrañas. Se me quitaron de golpe todo el hambre y el sueño. «¿Por qué no me habría metido ya en la cama?», maldecía. Seguro que a estas alturas estaría ya en brazos de Morfeo en lugar de sufriendo esta angustia. Tenía que acabar con ello. Sí, esto se tenía que terminar. No podía permitir que un ser viscoso devorador de lechugas, o lo que quiera que fuese, siguiera amenazando la tranquilidad de mi casa y robándome el sueño.
Un cuchillo, eso es. Había un cuchillo grande ahí al lado, a mi alcance, en el escurridor de los cubiertos, esperando a que lo empuñara con decisión y valor. Le asesté un primer pinchazo con cautela, hundiendo la punta afilada en aquella cosa con mi pulso tembloroso. Su cuerpo blando no ofreció ninguna resistencia, el cuchillo lo atravesó y tocó el fondo del fregadero enseguida. La cosa se estremeció con espasmódicos movimientos ondulatorios y volvió a mirarme con sus diminutos ojillos parpadeantes.
Le propiné nuevos cortes y golpes con el cuchillo. No sé cuántos. Cinco, seis, puede que siete. En el centro, en los lados.
—¡Muérete de una vez bicho asqueroso!
La cosa se movía con mayor virulencia y me pareció escuchar salir de sus entrañas un gemido gutural. Entonces paré en seco. Observé que la hoja del cuchillo estaba manchada con una especie de líquido gris viscoso, y que de los múltiples cortes también manaba ese mismo líquido a gran velocidad llenando mi fregadero de aquella sustancia pútrida desconocida. Las manos me sudaban, la cabeza me daba vueltas, el estómago encogido. Aquello era una auténtica pesadilla. Tiré el cuchillo. Empezaba a estar demasiado asustado, superado por todo lo que veía.
Soliviantado, abrí el grifo con la esperanza de que la corriente de agua arrastrara por el desagüe todo rastro de aquella cosa inmunda. Pero, una vez más, la lógica no funcionaba. En lugar de diluirlo y hacerlo desaparecer, el agua hizo crecer el líquido viscoso y verrugoso de forma asombrosa. Cerré el mando del grifo rápidamente y me aparté, deseando con todas mis fuerzas que no fuera real lo que parecía demasiado real, maldiciendo mi suerte por haber despertado y enfurecido a una extraña bestia que habitaba silenciosa en mi nevera; deseando no haberme cruzado jamás en su camino.
Pero ya era tarde. La cosa gris no paraba de crecer y amenazaba con desbordarse del fregadero. El pánico se apoderó de mí. Si acaso me quedaba algún resquicio de duda, definitivamente aquello no era normal. Necesitaba ayuda, urgente. Recordé que llevaba el móvil en el bolsillo. Lo saqué y mis dedos marcaron el 112 como un acto reflejo.
Colgué inmediatamente. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué iba a decirle a un operador de un teléfono de emergencias? ¿Que una cosa gris que estaba en un cajón de mi nevera se comportaba de forma extraña? Descarté la idea. Al levantar la vista de la pantalla comprobé que la situación había empeorado notablemente. La cosa gris definitivamente se estaba saliendo del fregadero, invadía parte de la encimera y se derramaba hacia el suelo como una especie de cascada de líquido pegajoso. Y seguía creciendo.
No tuve tiempo de reaccionar. La asquerosa masa informe me había bloqueado el paso. Venía hacia mí, podía sentirlo, me rodeaba. La sensación era horrible. Era la cosa más espantosa que había visto en mi vida. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Sería capaz de engullirme? Desesperado, desencajado, asfixiado, aniquilado, abrí la ventana que daba al patio de luces de mi edificio y vi la negrura de la noche.
—¡Socorro! —grité con todas mis fuerzas.
Nadie contestó, nadie parecía oírme. Supuse que a esa hora de la noche era poco probable obtener una respuesta si no me esforzaba más. Grité más fuerte y esperé dos segundos: silencio, no percibí ninguna respuesta.
Y mientras tanto, la cosa seguía avanzando lentamente hacia mí. Estaba claro, su masa gelatinosa gris parda quería atraparme. Sus diminutos ojillos me miraban. Allí estaban otra vez, multiplicándose como un sarpullido. Atenazado por el miedo, me preparé para lo peor. Me imaginé protagonizando la crónica de sucesos: «Hombre atacado por una cosa gris en la cocina de su propia casa. Se desconoce el origen de la siniestra criatura.»
No, no podía ser, no quería ese horrible final. Tuve una nueva ocurrencia: fuego. Si el agua le había hecho crecer de forma repentina, tal vez el fuego le hiciera menguar o retroceder. En el cajón de los cubiertos guardaba un encendedor. Uno de esos automáticos, con mango de plástico y tubo metálico alargado, que se usaban antiguamente para prender las cocinas de gas. Providencialmente tenía ese cajón a mano. Extraje el encendedor rápidamente y lo accioné. Funcionaba.
Lo sujeté con fuerza y me agaché para acercarme al ramal de masa viscosa que avanzaba por el suelo hacia mí. Ya casi podía tocarme. Alargué la mano lo suficiente para que la llama entrara en contacto con la cosa. Y esperé.
Al principio la idea pareció funcionar. La masa viscosa se encogía ante la pequeña llama, y de la súbita combustión surgía un pestilente humo negro. Volví a percibir su tenebroso aullido visceral. Y sus ojillos, esas diminutas perlas negras brillantes tan aterradoras, refulgían rabiosos y tremebundos. Pero pronto me di cuenta de que así tampoco le podría vencer. A la par que retrocedía un milímetro, avanzaba cuatro en otra dirección, y aquel humo nocivo y tóxico me asfixiaba y amenazaba con hacer el ambiente del todo irrespirable.
Apagué el mechero y lo tiré. Ya está. Se me agotaron todos los recursos. Mi cabeza ya no daba para más. Me asomé nuevamente por la ventana y volví a gritar.
—¡Ayuda!
Silencio.
—¡Ayudaa!
Más silencio. Maldije a mis vecinos de sueño profundo.
Vivía en un sexto piso. Arrojarme al patio por la ventana no era una opción: muerte segura. Palpé otra vez el teléfono. «¿Y si llamo a mis padres? ¿A un amigo?», pensé en un arrebato fugaz. Pero no había tiempo, la cosa ya casi me tocaba. Contemplé solo dos posibilidades: esperar en aquel rincón a ser engullido o tratar de salir por la puerta, pasando por encima de ella.
Tenía que intentarlo. Al fin y al cabo, antes o después iba a comprobar si la cosa gris era corrosiva, si más allá de su avance silencioso tenía intención de ejercer violencia sobre mí. Levanté el pie, con cautela, y después lentamente lo descendí tratando de dar un paso sobre ella. Apoyé la suela de mi zapato con sumo cuidado y finalmente me decidí a pisar.
Sentí toda su viscosidad, su movimiento espasmódico, su respiración, su avance cadencioso, su inquietante aullido de dolor que emergía de la profundidad de sus entrañas. Su espesor era menor de lo esperado, en menos de un segundo la suela de mi zapato entraba en contacto con el suelo. Manchada, pero en suelo firme. No podía creerlo. Sí, había pisado la cosa y aparentemente no había pasado nada, salvo que, al igual que al atravesarla con el filo del cuchillo, su película exterior se desgarraba y dejaba fluir el líquido gris interior.
Di un paso más. Y luego otro. Avanzaba pesadamente como en un lodazal de barro. Sorprendentemente la cosa no me atacó, no me hizo nada. Caminé sobre ella aterrado hasta que, al fin, pude alcanzar la puerta de la cocina y salir de sus redes. Por fin pude respirar un poco aliviado, en medio de aquel frenético estado de nervios, con la esperanza de haber logrado escapar de la situación más angustiosa de toda mi vida.
Me dirigí velozmente a la entrada del piso con sudor en la frente y el pulso aún acelerado. Ansiaba salir definitivamente de allí, escapar de aquella horrible pesadilla. Salí al rellano de mi planta del edificio y empecé a sentirme un poco mejor. Entonces lo vi. No podía creérmelo. Pero sí, allí estaba él. El vecino de enfrente saliendo de su casa, con su perro, un pequeño yorkshire, a esa hora de la madrugada: ¡Milagro!
Se me quedó mirando con cara de estupefacción, como si acabara de toparse con un bicho raro. Claro, yo estaba allí plantado con cara de espanto, pálido, rictus contraído, mirada desorbitada, sin aliento. La situación debió de parecerle de lo más extraña.
—¿Te ocurre algo? —se atrevió a preguntar.
Me bloqueé. Estaba delante de la puerta de mi casa paralizado y apenas podía hablar. De mi boca solo salían gemidos extraños y palabras inconexas.
—Ahí… una cosa… en mi cocina. ¡Ayuda!
El hombre, confuso, debió de leer el terror en mi cara. Se me acercó.
—¿Estás bien?
Yo negaba con la cabeza sin parar de señalarle hacia el interior de mi casa. Me imaginaba a la cosa gris avanzando de nuevo hacia mí y no quería volver a enfrentarme a ella. Solo querría salir corriendo de allí y prenderle fuego a todo el edificio.
—U… una cosa. En la cocina —repetía.
Mi vecino debió de empezar a comprender algo.
—¿Tienes un problema en la cocina? ¿Necesitas ayuda?
Asentí. Pero no me dio tiempo a advertirle del tipo de peligro al que se enfrentaba. El hombre se adentró tranquilamente en mi hogar buscando el origen de mis desvelos. Yo me quedé allí parado, en el rellano, al filo de la puerta, expectante. Los segundos de espera se me hicieron eternos. El hombre no regresaba, tan sólo escuché ladrar un par de veces al perro. «¿Sucumbiría él también ante el avance de la cosa gris? ¿Sería capaz de hacerle frente?». Sin tiempo para valorar aquellos interrogantes, volvió sobre sus pasos tal y como había entrado, con cara de no entender nada.
—¿Qué problema tienes en la cocina? Ahí no hay nada.
Ahora el asombrado era yo. ¿Cómo que no había nada? ¿Es que una cosa gris viscosa y repugnante invadiendo una habitación le podía pasar inadvertida? ¡Pues sí que estamos bien! O eso o me estaba tomando por mentiroso, por tonto, o por loco. ¡Lo que me faltaba! Naturalmente lo acompañé para asegurarme de que sus ojos veían lo mismo que los míos.
Con el temblor todavía en el cuerpo, me dirigí tras él de nuevo a la cocina. Al entrar allí, sufrí tal shock que a punto estuve de caerme de rodillas. El suelo estaba limpio. La cosa gris ya no estaba esparcida, ni se veía señal alguna de su avance pegajoso. Tampoco en la encimera, ni en el fregadero, en el que apenas había rastro de agua. Sencillamente se había volatilizado. Abrí la puerta de la nevera y miré en el cajón verdulero. Allí estaba la lechuga en su bolsa de plástico, tal y como la recordaba.
—¿Qué es esto? ¿Una broma? —me preguntó el vecino con creciente mosqueo.
—Le juro que aquí había algo, una criatura. Lo vi con mis propios ojos —traté de explicar con fútiles esfuerzos de sonar convincente.
Reconstruyendo la escena que acababa de vivir, que me atormentaba dando vueltas en mi cabeza sin cesar, descubrí, tirado en el suelo, el mechero. También comprobé que la ventana efectivamente estaba abierta. Aquellos eran los únicos signos de mi lucha con la cosa gris. No daba crédito, al terrible pánico que sentía dentro de mí, se sumaron la frustración y el enfado. Pero… ¿qué estaba pasando? Mi rostro demudado debió de revelar mi tremenda sorpresa ante aquel macabro giro del destino.
—¿Tú te has tomado algo? —preguntó el vecino seriamente preocupado.
—¡Claro que no! —protesté.
Por supuesto que no me había tomado nada. Un par de cervezas con unos amigos. ¿Y qué? Estaba completamente sobrio. ¿Es que no se daba cuenta de eso? Nada de pastillas ni drogas de ninguna clase. Y no, no estoy loco. Aquello era real, lo sé. Todavía se me erizaba la piel al recordarlo.
—Anda chaval, acuéstate que ya es muy tarde —dijo dándome unas palmaditas en el hombro—. Yo me voy.
Y me dejó allí plantado con cara de gilipollas, en mi triste y solitaria cocina, envuelto en el aciago silencio de la noche. Por supuesto ya no era capaz de dormir, ni tan siquiera de permanecer en aquella casa ni un minuto más. Tenía tal miedo metido en el cuerpo, que tuve que huir de allí y buscar a alguien que me diera cobijo aquella noche.
Después no volví a entrar en ese piso. Le devolví las llaves al casero y contraté a una empresa para que me hiciera la mudanza. Durante meses tuve pesadillas con la horrible cosa gris que me engullía en su líquido viscoso mientras me miraba con esos ojillos negros diminutos centelleantes.
He comentado con muy poca gente este suceso, no quería que nadie me tomara por un idiota como aquel vecino del perro. Tan solo lo saben dos o tres personas de confianza, pero no sé si alguien podrá llegar alguna vez a comprenderme del todo. Tampoco he vuelto a vivir solo. Necesito dormir siempre acompañado porque, todavía, algunas noches, siguen regresando las pesadillas. Aquella cosa gris me persigue mirándome con esos ojillos oscuros tan turbadores.
Sé que era real. Sé que aquello estaba allí. Sé lo que vi, lo que sentí aquella noche en mi cocina. La cosa gris existe, claro que existe. Está en alguna parte, acechando. Espera para manifestarse otra vez en mi casa, en la tuya, en la de cualquiera. Ignoro quién será su próxima víctima. Cuando menos te lo esperes, aparecerá en un cajón verdulero, en una bolsa de fruta o en cualquier rincón perdido. Dispuesta a anular todos tus sentidos y a perturbar tus sueños.
La novela arranca en el año 1688 en tres escenarios diferentes: Benimaclet, Gilet y Londres. Es el punto de partida de los diferentes personajes principales que van desde la nobleza rica y poderosa de Valencia, una familia humilde de Benimaclet y un chico huérfano que es acogido en un monasterio en Gilet, hasta el leal ayudante de un influyente comerciante inglés.
Sus historias, que en un principio parecen bastante alejadas, irán confluyendo y entrelazándose a medida que la novela va narrando la vida de cada uno de ellos. Y se verán todas trastocadas por una guerra de dimensión internacional, pero especialmente cruel y despiadada en el Reino de Valencia, que hará sacudir los cimientos de toda Europa.
El rico trasfondo histórico de finales del XVII y principios del XVIII está muy presente en el relato, pero ante todo y sobre todo es una novela que habla de la condición humana, la sinrazón de todas las guerras y el lenguaje universal de los sentimientos. El viaje sirve de hilo conductor para ir adentrándose en el corazón de los personajes, cada uno de ellos con sus virtudes y sus defectos, sus sueños, sus miedos, sus alegrías, sus penas, amores imposibles, conquistas y desengaños.
En definitiva es una historia de pasiones, de acción, y de pólvora, en la que ante la adversidad prevalecen el amor, el sufrimiento, el valor, y la capacidad de los personajes de sobreponerse a la crueldad del destino.
En esta entrada os propongo hacer un recorrido exhaustivo por el contexto histórico, los escenarios y personajes más destacados de la novela.
Contexto histórico.
La ilustración valenciana. Los novatores.
Se considera novatores a los seguidores de una primera corriente de pensadores con espíritu crítico que empezaron a surgir en la segunda mitad del siglo XVII. Fueron los pioneros del movimiento conocido como la ilustración, que irrumpiría con fuerza más adelante, y los primeros que empezaron a poner en cuestión los fundamentos del saber hasta entonces admitido y a asumir una serie de corrientes renovadoras que en distintos ámbitos empezaron a surgir por toda Europa.
En Valencia se constituyó un núcleo importante de este movimiento, liderado entre otros por el maestro jesuita Tomás Vicente Tosca. Precedido por la tertulia del Marqués de Villatorcas en la que se trataban estas ideas renovadoras procedentes de Europa, su idea inicial fue crear una especia de academia matemática cuya principal labor fue la renovación de las ideas y de las prácticas científicas existentes. Entre sus precedentes estuvieron los trabajos del matemático y astrónomo José Zaragoza, de Isaac Cardoso y de Juan Caramuel y del médico valenciano Juan de Cabriada.
El ambiente intelectual valenciano continuó caracterizándose por un incremento progresivo en la exigencia crítica, enlazando a los novatores con los primeros ilustrados valencianos, especialmente Gregorio Mayans.
A la izquierda Grabado – Gregorio Mayans. Ilustrado valenciano del S.XVIII. A la derecha Tomás Vicente Tosca, principal impulsor del movimiento de los Novatores. Fuente: Internet.
La industria de la seda.
No se puede entender la Valencia de los siglos XVII y XVIII sin la industria de la seda, de la que dependían miles de familias involucradas directamente en todas las fases de su producción.
La técnica de producción y confección de la seda fue introducida por los árabes en la península y arraigó fuertemente en todo el levante español y en la zona de Granada. Pero fue sin duda en la ciudad de Valencia donde este arte alcanzó su máximo esplendor.
Para la crianza del gusano de seda era necesario cultivar el árbol de morera, pues sus hojas son el alimento de dicho animal en su fase de crecimiento hasta formar el capullo. En Valencia las plantaciones cubrieron con éxito grandes zonas de la rica huerta que rodea la ciudad y otras de la comarca de La Ribera principalmente.
Herederos de una tradición medieval, el gremio de los velluters o terciopeleros valencianos guardó y perfeccionó con celo y esmero las técnicas de confección del hilo de seda (torcedura), tintura y confección de tejidos en los numerosos talleres que albergaba la ciudad.
Ilustración medieval del gremio de los velluters valencianos. Antiguo telar para la confección de diferentes tejidos e Ilustración que muestra el ciclo biológico del gusano de seda. Fuente: Internet.
El Colegio del Arte mayor de la Seda se fundó en Valencia en el siglo XVII por un privilegio del rey Carlos II y su principal misión era la de preservar los estándares de calidad de la seda valenciana. Dicho edificio se encuentra en la calle Hospital del barrio de Velluters y ha sido recientemente rehabilitado gracias a la fundación Hortensia Herrera. Actualmente alberga el museo de la seda de Valencia.
Colegio de Arte Mayor de la Seda de Valencia. Fuente: Internet y medios propios.
Antecedentes de rebelión: Las germanías.
Las condiciones de vasallaje, heredadas del feudalismo medieval, se habían agravado en el Reino de Valencia después de la expulsión de los moriscos en el año 1609. Para repoblar las tierras que éstos dejaron, los señores otorgaron nuevas cartas puebla que atrajeron colonias de emigrantes dispuestos a trabajarlas. Pero en la mayoría de los casos lo hicieron en unas condiciones muy abusivas, más desfavorables que las que tenían los propios moriscos. Sobre todo en comarcas como La Marina, La Safor, el Valle de Albaida o el Camp de Morvedre.
A su vez, la expansión económica de este siglo favoreció el crecimiento de otros campesinos más acomodados. Éstos a su vez vieron en las cargas feudales un lastre para seguir prosperando.
La Segunda Germanía fue una revuelta campesina que tuvo lugar en julio de 1693 en las comarcas centrales del Reino de Valencia. Los campesinos dirigieron sus protestas contra los señores feudales airados por lo que consideraban un abuso de sus privilegios. Se denomina “Segunda Germanía” porque los rebeldes adoptaron el nombre de «agermanados» en recuerdo de las Germanías de Valencia de principios del siglo XVI.
La rebelión finalmente fue aplastada por las autoridades de la época y sus líderes sufrieron una dura represión. Para muchos historiadores este episodio constituye el germen del posterior levantamiento popular durante la guerra de sucesión.
La guerra de sucesión
La guerra de sucesión abarcó el periodo comprendido de 1702 a 1714 y enfrentó a media Europa por el control de la monarquía hispánica y la hegemonía de las potencias dominantes de aquel momento.
Felipe V proclamado rey de España por su abuelo Luis XIV en Versalles. Fuente: Internet.
El conflicto sucesorio.
En el año 1700, el rey de España Carlos II de la casa de Austria muere sin tener descendencia y en su testamento cede la corona a Felipe de Borbón, nieto del rey de Francia Luis XIV.
La dimensión internacional.
La ambición de Francia por unir las coronas francesa y española en una sola despierta recelos en Inglaterra y Holanda, que ven peligrar sus intereses y el equilibrio de potencias europeas. Esto da alas al otro pretendiente al trono español, el Archiduque Carlos de Austria, para reclamar sus derechos sucesorios y a declarar oficialmente la guerra a Francia en el año 1702. A la alianza con Inglaterra y Holanda se unirán Portugal y el ducado de Saboya contra la todopoderosa Francia en múltiples frentes europeos por tierra y por mar en un conflicto de grandes dimensiones que algunos han venido a comparar con las guerras mundiales del siglo XX.
La dimensión local y nacional.
En el plano nacional el rey Felipe V recaba numerosos apoyos aunque también acumula importantes detractores, si bien en Madrid y en general en Castilla encuentra un ambiente mayoritariamente favorable a sus pretensiones.
Sin embargo es en 1705, coincidiendo con el desembarco de la flota anglo-holandesa en el mediterráneo, cuando a Felipe V se le abre una nueva vía de confrontación en Cataluña, Aragón y Valencia.
La sublevación valenciana.
En Valencia el conflicto adquiere dimensiones de guerra civil con la sociedad dividida en dos, partidarios de los borbones y de los austrias, popularmente conocidos como maulets y botiflers. Hubo partidarios de ambos bandos en todos los estratos sociales, aunque entre los austracistas rebelados predominaban las clases populares, la baja nobleza y el sector del clero más cercano al pueblo. Mientras que para la nobleza su adhesión obedece a la fidelidad a la casa de Austria y a intereses particulares, para el pueblo llano la motivación es bien diferente.
La revuelta de las clases populares en Valencia estuvo liderada por el carismático general Joan Bautista Basset, que en el verano de 1705 asumió el encargo de organizar un alzamiento popular favorable al Archiduque Carlos. En poco tiempo y con no muchos medios, consiguió hacerse fuerte en la comarca de La Marina y adherir miles de adeptos a su causa. La clave de su éxito radica en la promesa de la exención de impuestos abusivos y la implantación de unas condiciones más justas. Su discurso cala rápidamente en una masa social plagada de descontentos y recluta todo un ejército de voluntarios austracistas poniendo en jaque a las precarias tropas leales a Felipe desplegadas por el reino de Valencia.
La aventura durará poco tiempo, tras la llegada a la capital valenciana del Archiduque y el ejército inglés, Basset es encarcelado y la exención de impuestos es revertida cercenando las aspiraciones del pueblo. Y en 1707, tras la derrota del ejército aliado en Almansa, las tropas borbónicas recuperaron rápidamente el control del territorio valenciano.
La intervención inglesa en la guerra.
La intervención inglesa fue decisiva para el desarrollo de esta gran guerra europea, de hecho lideró el que se conoce como frente aliado (unión de diferentes países contra las aspiraciones de los borbones en Francia).
1700. – Muerte de Carlos II (rey de España) sin descendencia.
1701.- Tratado de La Haya. Inglaterra y Holanda se unen para hacer frente común contra Francia.
1702.- Coronación de la Reina Ana. Inicio de la guerra. Con la nueva reina entra en escena el general Marlborough y el ala liberal wigh entra en el gobierno. Austria y el Sacro Imperio germánico le declaran formalmente la guerra a la unión de España y Francia y reclaman el trono para el Archiduque Carlos. Se crea el clima propicio para que los ingleses participen el las primeras acciones bélicas, como la batalla de Cádiz en agosto de 1702 que fue un intento frustrado de toma de la ciudad por parte de la flota anglo-holandesa.
1703.- El reino de Portugal y el ducado de Saboya se unen a la Gran Alianza. La balanza se decanta del lado de los aliados con estas importantes alianzas, se abren e intensifican nuevos frentes terrestres contra Francia.
1704.- Batalla de Blenheim y toma de Gibraltar. Año de importantes victorias aliadas. Marlborough lidera el dominio aliado en Baviera y el almirante Rooke hace presa del estratégico peñón de Gibraltar para Inglaterra.
1705.- Desembarco inglés en la península. La flota anglo-holandesa se traslada al Mediterráneo. En Cataluña y Valencia se produce una sublevación de los partidarios del Archiduque de Austria. El almirante inglés Lord Peterborough toma Barcelona y posteriormente traslada el grueso del ejército a Valencia.
1707.- Derrota de Almansa. Supone una importante derrota para los aliados en su intento de ocupar la península, se produce una retirada a Cataluña y la guerra se estanca.
1710.- Batallas de Zaragoza y Brihuega. Es el último intento de los aliados por coronar al Archiduque en Madrid, el general inglés Stanhope le conduce victorioso hasta Madrid pero es incapaz de mantenerlo allí por mucho tiempo y en su retirada sufre de nuevo una dolorosa derrota en la localidad de Brihuega.
1711-1714. Fin de la guerra. Tratado de Utrecht. Varios hechos desencadenan la progresiva desvinculación de Inglaterra con el conflicto: El desgaste económico y social, la victoria de los tories en las elecciones y, sobre todo, la muerte del emperador José I de Austria. Estos hechos conducen a la necesidad de hallar una salida negociada al conflicto que culminará con la firma del tratado de Utrecht.
El llamado ‘Caso de los catalanes’
Este fue el nombre con el que se denominó en media Europa al espinoso asunto de la situación de Cataluña al final de la guerra de sucesión. Todo se remonta al llamado “Pacto de Génova” firmado entre Inglaterra y Cataluña para la adhesión de esta última a la causa de Archiduque, mediante el cual, la reina Ana de Inglaterra se comprometía a salvaguardar las “libertades y constituciones” de Cataluña.
Si bien la situación vivida en Cataluña aparece sólo de manera tangencial en la novela, los personajes sí se refieren a este caso en el contexto de las negociaciones del tratado de Utrecht en 1713-1714. La diplomacia inglesa hizo grandes esfuerzos por mantener su compromiso con los catalanes, pero fue incapaz de doblegar la obstinación del rey Felipe V para anular los fueros y privilegios de sus súbditos sublevados.
Finalmente Inglaterra desistió en aras de firmar la paz y poner fin al conflicto y dejó de lado a los catalanes, que siguieron resistiendo el asedio borbónico por su cuenta. El caso llegó incluso a debatirse airadamente en el parlamento británico, pues muchos parlamentarios inglesesconsideraban una absoluta deshonra para Inglaterra haber sido incapaz de mantener sus compromisos firmados.
La batalla de Almansa
25 de abril de 1707, el ejército de las dos coronas (España y Francia) y el bando aliado comandado por Inglaterra y Portugal se baten en los llanos de Almansa en una de las batallas decisivas de la guerra de sucesión en la península.
Los austracistas ocupan ya Cataluña, Aragón y Valencia y lanzan su ataque sobre tierras castellanas que están defendidas por tropas franco-españolas.
Tras varias jornadas de avance, los aliados reciben la información de que los borbónicos aguardan en Almansa en número aún reducido esperando refuerzos. Convencidos de esta ventaja y de que se trata del momento clave, se lanzan sobre ellos jugándosela en un todo por el todo.
A la hora de la verdad, se percatan de que dicha supuesta ventaja no es tal y se torna contra ellos: los franco-españoles les superan en número y ocupan las mejores posiciones frente a la villa sin haber tenido que recorrer ni un solo paso. Pero ya es tarde para retirarse, el duelo se decanta para el lado borbónico después de un sangriento día e inflingen una importante derrota a los austracistas con más de 5.000 bajas en sus filas.
La crema de Xàtiva
Tras la victoria en la batalla de Almansa, las tropas borbónicas se dirigen a la conquista del Reino de Valencia. Para ello el ejército se divide en dos: Un primer bloque comandado por Berwick avanza por Requena y el segundo con D’Asfeld a la cabeza lo hace por Xàtiva. Será Berwick el que entre triunfal en Valencia sin encontrar oposición, la ciudad de Xàtiva decide resistir.
Contra todo pronóstico, la defensa de la ciudad formada por las milicias de la gobernación, un pequeño destacamento inglés y un precario ejército de voluntarios, logra plantar cara al todopoderoso ejército francés. En medio de feroces combates, la lógica se impone y el invasor “barre” literalmente a cañonazos la heroica resistencia setabense.
Convencidos de que tamaño agravio merecía un castigo de enormes proporciones, los vencedores descargaron toda su venganza sobre el pueblo vencido. La crónica del asedio y posterior saqueo e incendio de Xàtiva constituye una de las páginas más tristes de nuestra historia y ocupa una parte destacada en el relato de la novela.
Los setabenses no olvidan el trato recibido por el monarca e históricamente exigen una reparación del daño causado. La ciudad perdió hasta el nombre, la población que se levantó sobre las cenizas fue rebautizada como “Nueva Colonia de San Felipe”, y no pudo recuperar su nombre original hasta cien años más tarde. La desafección con este rey está representada con el famoso cuadro de Felipe V colgado del revés en el museo del Almodí.
Además de ser totalmente recomendable la visita a esta histórica ciudad valenciana, la página web de turismo de la ciudad de Xàtiva nos permite hacer un recorrido virtual por los puntos más representativos del asedio borbónico de la ciudad y posterior incendio y saqueo de la misma.: La Crema de Xàtiva.
La paz de Utrecht
El tratado de Utrecht firmado entre 1713 y 1715 por los estados enfrentados en la guerra de sucesión española puso fin a los diez largos años que duró el conflicto armado. En este tratado Europa cambió su mapa político.
Inglaterra, que lideraba la alianza militar contra Francia fue la gran beneficiada, pues consiguió que Francia renunciara para siempre a cualquier pretensión sobre la corona Española y que no apoyara a los pretendientes de la familia Estuardo al trono inglés.
Además, obtuvo la isla de Menorca y Gibraltar cedidos por España, Nueva Escocia, la bahía de Hudson y la isla de Terranova cedidas por Francia, la isla de San Crisóbal en el Caribe, y las concesiones del asiento de Negros y el navío de permiso por parte de la corona española.
Y la más perjudicada sin duda fue España, que con las concesiones comerciales y territoriales puso fin a su hegemonía europea que había conquistado en el siglo XVI.
El auge del comercio en Cádiz
Para la ciudad de Cádiz el siglo XVIII fue un auténtico siglo de oro, la ciudad se convirtió una de las más pobladas e importantes de España debido al continuo flujo comercial que recibía su puerto.
Traslado de la casa de contratación
Uno de los hitos importantes para la ciudad fue el traslado de la casa de contratación de Sevilla a Cádiz. Aunque ya llevaba varios años desafiando el monopolio de la ciudad hispalense, fue con la llegada al trono de Felipe V cuando se oficializó este importante privilegio para los gaditanos.
La ciudad vivía por y para el comercio y los gaditanos convivían con un nutrido tránsito de extranjeros, además de los que había ya instalados permanentemente en la ciudad (sobre todo franceses e italianos). Eso unido a la riqueza que se generaba para la propia urbe contribuyó a que se convirtiera en una ciudad alegre, culta y cosmopolita.
La arquitectura de la ciudad poseía una entidad propia eminentemente práctica. Las casas de los comerciantes eran a la vez almacén, oficina y torre de vigilancia para los barcos que zarpaban y arribaban al puerto.
El contrabando
La costa gaditana siempre fue un lugar propicio para el contrabando y la entrada de mercancía ilegal debido a la gran afluencia de comercio marítimo con las colonias de ultramar. Como ocurre en la actualidad, concurrían la oportunidad, la posibilidad de un lucro muy suculento y gente dispuesta a arriesgarse en este tipo de empresas.
El contrabando en las playas sanluqueñas era muy conocido en los siglos XVI, XVII y XVIII, lo atestiguan las numerosas referencias existentes en las obras de grandes escritores de la época. Esta era una práctica muy común que se desarrollaba con total impunidad y en la que participaban desde gentes de las capas más bajas de la sociedad hasta contrabandistas de “guante blanco” pertenecientes a las clases más pudientes, así como autoridades corruptas.
Desde el nacimiento de la colonia de Gibraltar ya se hablaba de los “matuteros”, que es aquel que practica el matute, definido en la RAE como: “Introducción de géneros en una población sin pagar el impuesto de consumos”, es decir, una especie de contrabandista que tiene su campo de acción en las fronteras, aduanas y/o zonas libres del mundo y que comercia con pequeñas cantidades ya sea a primera hora de la mañana o de la madrugada.
La trama de contrabando descrita en la novela está basada en el libro “Proceso criminal contra fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda (1774) : Clérigos homicidas en el Siglo XVIII”. En ella se describen fugazmente estos hechos acaecidos en el año 1713, cuando el Consejo de Hacienda puso al descubierto una trama de contrabando internacional que implicaba a Gibraltar, Holanda y ciudades andaluzas como Málaga, Cádiz y la propia Sanlúcar de Barrameda.
La revolución gloriosa: Bill of rights
El transcurso del siglo XVII en Inglaterra estuvo marcado por una sangrienta sucesión de guerras civiles, cuyo trasfondo es el enfrentamiento entre dos formas de concebir el estado: el absolutismo y el parlamentarismo.
Dichas guerras culminaron tras un breve y polémico reinado del rey Jacobo Estuardo, en el que cometió varios abusos y además se manifestó abiertamente partidario del catolicismo. La sucesión del monarca se resolvió en lo que se conoce como la “Revolución gloriosa” en la que los parlamentaristas propusieron acceder al trono a su yerno Guillermo de Orange, en lugar del sucesor natural Jacobo III, a cambio de suscribir el documento conocido como “Bill of Rights” o declaración de derechos.
Dicha declaración supone principalmente la supervisión de las decisiones reales por parte de un parlamento constituido mediante elecciones, la cesión de poderes a este parlamento y la garantía de ciertas libertades y derechos para los súbditos como la de hacer peticiones al rey sin poder ser detenido por ello o ser sometidos a un juicio justo.
Los reyes William y Mary aceptando la declaración de derechos en el salón de banquietes del palacio de Whitehall en febrero de 1689. A la derecha: Pintura que representa la redacción de la declaración de derechos en 1689. Fuente: Internet.
Artículos contenidos en la declaración de derechos:
Que el pretendido poder de dispensar de las leyes o de su aplicación en virtud de la autoridad real, en la forma en que ha sido usurpado y ejercido en el pasado, es ilegal.
Que la comisión para erigir el último Tribunal de causas eclesiásticas y las demás comisiones y tribunales de la misma naturaleza son ilegales y perniciosos.
Que toda cobranza de impuesto en beneficio de la Corona, o para su uso, so pretexto de la prerrogativa real, sin consentimiento del Parlamento, por un período de tiempo más largo o en forma distinta de la que ha sido autorizada, es ilegal.
Que es un derecho de los súbditos presentar peticiones al Rey, siendo ilegal toda prisión o procesamiento de los peticionarios.
Que el reclutamiento o mantenimiento de un ejército, dentro de las fronteras del Reino en tiempo de paz, sin la autorización del Parlamento, son contrarios a la ley.
Que todos los súbditos protestantes pueden poseer armas para su defensa. de acuerdo con sus circunstancias particulares y en la forma que autorizan las leyes.
Que las elecciones de los miembros del Parlamento deben ser libres.
Que las libertades de expresión, discusión y actuación en el Parlamento no pueden ser juzgadas ni investigadas por otro Tribunal que el Parlamento.
Que no se deben exigir fianzas exageradas, ni imponerse multas excesivas ni aplicarse castigos crueles ni desacostumbrados.
Que las listas de los jurados deben confeccionarse, y éstos ser elegidos, en buena y debida forma, y aquellas deben notificarse, y que los jurados que decidan la suerte de las personas en procesos de alta traición deberán ser propietarios.
Que todas las condonaciones y promesas sobre multas y confiscaciones hechas a otras personas, antes de la sentencia, son ilegales y nulas.
Y que para remediar todas estas quejas, y para conseguir la modificación, aprobación y mantenimiento de las leyes, el Parlamento debe reunirse con frecuencia.
Los escenarios
Valencia
Es el escenario el que se desarrolla la mayor parte de la novela. Entender cómo era la Valencia del tránsito del XVII al XVIII ha supuesto emprender un viaje fascinante al pasado de mi ciudad natal. Rodeada todavía por la muralla medieval, lo primero que impresionaba al verla eran los formidables puentes sobre el río Turia y los majestuosos portales de entrada. Intramuros, las calles eran estrechas y los edificios por lo general de poca altura. Valencia estaba plagada de conventos e iglesias.
Muralla y puentes de la ciudad. Fuente: Internet.
En esta época Valencia conoció un periodo de apogeo económico, gracias principalmente a la riqueza de la huerta y un importante auge del comercio de la seda. Una nueva burguesía profesionalizada en estos negocios se asienta en la ciudad.
Plano de la época representando la ciudad de Valencia y sus alrededores: La Huerta. Fuente: Internet.Plano de la ciudad de Valencia elaborado por Tomás Vicente Tosca a principios del siglo XVIII. Fuente: Internet.Maqueta de la ciudad de Valencia elaborada a partir del plano de Tomás Vicente Tosca. (Hall del museo de la ilustración de Valencia). Fuente: Medios propios.
En el plano cultural también se vive una apertura sin precedentes, de la mano de destacados personajes valencianos, hacia nuevas ideas procedentes de las corrientes ilustradas de Europa. A pesar de ello, una enorme carga religiosa lo inunda todo y sigue dominando todas las esferas de la vida pública y social. Los puntos neurálgicos de la ciudad eran la plaza de la Seo y la plaza del mercado.
Plaza del mercado con la Lonja y la Iglesia de los SS.Juanes al fondo, siglo XVIII. Fuente: internet.
Benimaclet
Aunque hoy en día es un popular barrio totalmente integrado en la capital, Benimaclet era en el siglo XVIII un núcleo muy pequeño de población de la huerta valenciana. Es otro de los escenarios principales de la novela, pues es el hogar de varios protagonistas como Fineta, Francesc, Pinyol o los condes de la Espuña.
Esta es la descripción que hace de Benimaclet el botánico Cavanilles en sus viajes a principios del S.XIX: «Caminando desde Alboraya hacia la embocadura del Turia en el Mediterráneo, queda a la derecha la corta población de Benimaclet, distante de la capital un quarto de legua: es de 72 vecinos, que solamente tienen 82 cahizadas de término, donde cogen seda, cáñamo, trigo, maíz y las producciones de huerta».
Su fisionomía consistía en un puñado de casas bajas y barracas que rodeaban la plaza principal, en la que estaba ubicada originariamente la ermita de los Sants de la Pedra y posteriormente la iglesia parroquial dedicada a la virgen de la Asunción.
Imagen histórica de la plaza de Benimaclet con la iglesia parroquial al fondo. Fuente: Internet.
Casi la totalidad de las tierras de Benimaclet y Alboraya eran propiedad de la nobleza o de la iglesia que las cedían en enfiteusis a las humildes familias de huertanos.
Casa de los condes de Zanoguera en Alboraya, ejemplo de casa señorial de la zona. Fuente: Internet.
Aparece también en el relato otro lugar emblemático de la zona, la ermita del milagro o dels peixets situada en la desbocadura del barranco de Carraixet en Alboraya.
Gilet es lugar de nacimiento de varios personajes que aparecen en la novela: Sebastián, Isabel, Fray Alejandro, Enriqueta. Está situado en la ribera del río Palancia, entre dos cerros pequeños y barrancos que descienden de las estribaciones de la sierra de la Calderona. Este enclave era un pequeño pueblo agrícola a finales del siglo XVII, cuyo señorío ostentaba el marqués de Llançol.
El monasterio de Sant Esperit del mont.
En el monasterio de Sant Esperit del Mont, próximo a Gilet, transcurre también parte de la historia. Se trata de un convento franciscano que vivió su mayor esplendor en el siglo XVIII con la fundación de un colegio de misiones. Destacados misioneros en Latinoamérica en ese siglo pasaron por allí.
Aspecto actual del monsasterio de Sant Esperit del Mont en el valle del Toliu (Gilet). Fuente: Internet.Valle del Toliu con Sant Esperit del Mont, al fondo el pico del Águila. Fuente: Internet.
Sagunt era conocido con el nombre de Murviedro en los siglos XVII y XVIII y así es como aparece mencionado en la novela. Esta ciudad histórica situada en la desembocadura del Palancia fue un lugar de importancia estratégica desde la época del imperio Romano.
Vista de Murviedro tomada desde Gilet por el botánico Cavanilles. Fuente: Internet.Vista de la histórica ciudad de Murviedro hacia el siglo XVIII. Fuente: Internet.
Londres
Imaginarse el Londres del año 1700 ha sido un ejercicio bastante complicado debido a las grandes transformaciones que ha sufrido la gran urbe en estos 300 años. Afortunadamente, la literatura y documentación inglesa de aquella época es bastante extensa, estos son algunos de los aspectos más relevantes:
Azotada por grandes incendios en el siglo XVII
La ciudad de Londres quedó literalmente arrasada en el gran incendio de 1666, se estima que más de la mitad de sus edificios quedaron reducidos a cenizas.
El gran incendio de Londres. Fuente: internet.
Una ciudad populosa y muy agitada
A pesar de ello, Londres era una ciudad frenética y floreciente en las postrimerías del siglo XVII e inicios del XVIII. Con una vocación claramente comercial e industrial, en este nuevo Londres se sentaron las bases de la gran metrópolis que es hoy en día.
El gran incendio de Londres. Fuente: internet.
La importancia del comercio y el río Thámesis.
Era una ciudad totalmente volcada hacia el río Thámesis, como se puede ver en este mapa del año 1593.
Mapa de Londres del año 1593. Fuente: internet.
Una de las cosas más llamativas es el gran puente que cruzaba el río a su paso por la ciudad. Estaba atestado de edificios en una especie versión magnificada del Puente Vecchio de Florencia.
Panorámica de Londres en el siglo XVIII. Fuente: internet.
Los edificios más significativos eran la catedral de San Pablo, los palacios reales, la torre de Londres o el conjunto de edificios de la abadía de Westmister donde se encontraba el parlamento.
(c) Historic Royal Palaces, Tower of London; Supplied by The Public Catalogue Foundation
Conjunto histórico de la abadía de Westmister y Palacio de St. James hacia el siglo XVIII. Fuente: internet
Las cafeterías
Estos establecimientos se hicieron tremendamente populares hacia el siglo XVII, eran un lugar de reunión muy frecuentado en el que se intercambiaban opinones sobre los temas de más rabiosa actualidad.
Escena típica de una cafetería inglesa del siglo XVIII. Fuente: internet.
El parlamento.
El parlamentarismo inglés, fuertemente asentado desde mediados del XVII, era probablemente el sistema democrático más avanzado del mundo en aquella época. Estaba sustentado sobre dos cámaras de representantes: La de los comunes, a la que accedían los representantes electos de cada distrito o circunscripción, y la de los Lores, que era de designación directa para merecedores dignatarios de la nobleza. Con ciertas salvedades, este funcionamiento ha permanecido casi inalterado hasta la actualidad.
A la izquierda la firma de la unión de Inglaterra y Escocia en el parlamento en el año 1707. A la derecha: Cámaras inglesas de los Lores y los Comunes. Fuente: internet,
Un ambiente «poco acogedor«.
Londres hacia el año 1700, con alrededor de medio millón de habitantes, era la ciudad más grande de Europa y, además, una ciudad notablemente sucia. Sin instalaciones sanitarias de ningún tipo, cualquier visitante foráneo se sentiría probablemente más impresionado por el sentido del olfato que por el de la vista, debido a los montones de aguas residuales que eran depositadas continuamente a ras de suelo. Circulando por sus calles uno tendría que estar constantemente alerta ante el vaciamiento repentino de orinales desde puertas y ventanas y de no pisar los múltiples drenajes abiertos corriendo por el medio de la calle. El poeta británico Jonathan Swift nos describe este ambiente en uno de sus famosos versos de manera muy ilustrativa: “Sweepings from Butchers Stalls, Dung, Guts, and Blood, Drown’d Puppies, stinking Sprats, all drench’d in Mud, Dead Cats, and Turnip-Tops.” Que vendría a ser algo así como: “Basura de puestos de Carnicerías, estiércol, tripas, y sangre, cachorros ahogados, apestosos restos de pescado, todo empapado en el fango entre gatos muertos y hojas de nabo.” A todo esto cabría añadir el aire lleno de humo sulfuroso de los incendios domésticos y hornos industriales. Si a esto le sumamos que era una ciudad muy húmeda, permanente embarrada, teníamos el caldo de cultivo propicio para contraer alguna de las enfermedades mortales de aquella época. La malaria era muy común, al igual que la fiebre tifoidea por la ingesta de agua contaminada. Los alimentos contaminados eran también la principal causa de la disentería. Otras enfermedades muy frecuentes en aquella época eran achacables a la mala higiene personal, la mayoría de la gente tenía pulgas y piojos. La tuberculosis circulaba por las calles a causa de la costumbre de escupir continuamente dentro y fuera de las casas y otras enfermedades como la viruela, o la sífilis, que era muy común entre ciertos sectores de la comunidad, también causaron estragos. Uno de cada tres bebés morían antes de la edad de dos años; y de los que sobrevivieron, la mitad estaban muertos antes de la edad de quince años. Una gran parte de estos desafortunados simplemente murió a causa de la ignorancia, con las madres administrando monedas sucias para calmar los dolores de la dentición y obligando a los bebés a comer sólidos prematuramente.
Castigos públicos en Londres en el S. XVIII. A la derecha típica escena londinense hacia el año 1700. Fuente: internet.
Xàtiva
Xàtiva es una histórica población del Reino de Valencia que llegó a ser considerada la segundad ciudad en importancia por detrás de la capital. Situada en la comarca de la Costera, en el valle del río Albaida a los pies de la sierra del castillo, esta ciudad tuvo gran importancia en el desarrollo de los enfrentamientos de la guerra de sucesión en la península.
Dotada de buenas murallas, torres de defensa, ciudadela y castillo defensivo enclavado en la roca, podía decirse que era la ciudad mejor fortificada de toda la región valenciana.
Vista histórica de la ciudad de Xàtiva con sus murallas y el castillo. Fuente: Internet.
Belmonte
Esta histórica villa de Cuenca es escenario de una pequeña parte de la novela. Ubicada en el interior de dicha provincia, se trataba de un lugar de cierta importancia en la época. El núcleo del pueblo estaba amurallado y dominado por un impresionante castillo.
Plano Histórico de Belmonte diseñado por Miguel Ángel Vellisco Bueno. Fuente: Internet.
Una de las puertas de estas murallas, la de Chinchilla, es protagonista de la huída de uno de los personajes. En la novela aparecen también dos edificios religiosos de la localidad, el monasterio franciscano y el convento de las concepcionistas.
Monasterio franciscano y convento de Concepcionistas de Belmonte. A la derecha el aspecto original de la puerta de Chinchilla antes de ser restaurada. Fuente: Internet.
A día de hoy, pese a no ser muy conocido, es un destino muy recomendable. Su principal atractivo sin duda es el castillo, que en el siglo XVIII era propiedad del marqués de Villena.
Sanlúcar de Barrameda y Cádiz
Sanlúcar de Barrameda y Cádiz toman protagonismo al final del relato y son escenarios de las últimas estancias de los personajes principales.
Sanlúcar, situado en el impresionante entorno de la desembocadura del río Guadalquivir y las marismas de Doñana, era un pueblo eminentemente pesquero que adquirió importancia con el tránsito de embarcaciones que hacían la ruta por el río entre las Indias y Sevilla. Ejercía allí sus dominios el ducado de Medina Sidonia y era además lugar poblado de iglesias, monasterios y conventos con vocación misionera.
Óleo representando el castillo de Medina-Sidonia y Sanlúcar de Barrameda
La ciudad de Cádiz robó el protagonismo a Sevilla en el comercio de ultramar precisamente en el Siglo XVIII, cuando se traslada definitivamente la casa de contratación a esta ciudad.
Plano histórico de la ciudad de Cádiz hacia el año 1700. Fuente: Internet.
Rotterdam
Esta ciudad es el origen de Jules, uno de los personajes principales, y aunque aparece como escenario sólo brevemente en el cuarto capítulo, merece la pena detenerse en ella. En el siglo XVIII era ya uno de los puertos más importantes de Europa. Dicho puerto y su nutrida red de canales eran los protagonistas de esta ciudad holandesa.
Plano y panorámica de la ciudad de Rotterdam. Fuente: InternetDetroit_Publishing_Company_-_Rotterdam_-_Delftsevaart,_c._1895
Los personajes.
Principales:
Fineta: Procede de una humilde familia de huertanos de Benimaclet; empezará como su madre trabajando desde muy joven en casa de los condes, pero el destino le deparará otras muchas sorpresas.
Salvador: Primogénito de los condes de la Espuña, familia noble asentada en Benimaclet, este joven aristócrata luchará toda su vida por seguir su propio camino al margen de los planes de su padre.
Jules Pierrot: Otro de los protagonistas es este muchacho de origen holandés que milagrosamente logra salir de la miseria para establecerse en Londres como ayudante de un importante comerciante inglés.
Sebastián: El último de los protagonistas es también de origen valenciano. Huérfano y quizás el más desvalido de todos, empieza su vida en un monasterio y termina emprendiendo un largo viaje que parece no tener fin.
Otros personajes importantes:
Tomasa: Madre de Fineta.
Francesc: Hermano mayor de Fineta.
Guillem: Hermano menor de Fineta.
Pinyol: Marido de Fineta.
Don Pedro: Conde de la Espuña, padre de Salvador.
Doña Vicenta: Condesa de la Espuña e hija de los condes de Barona (Alboraya), madre de Salvador.
Don Luis: Hermano del conde de la Espuña, tío de Salvador.
Pepita: Mejor amiga de Fineta.
Fray Alejandro: Tío de Sebastián.
Isabel: Primer y único amor de Sebastián.
Henry Aberman: Comerciante inglés jefe de Jules.
Sophie: Joven francesa residente en Valencia.
Doña Justina: Tía política de Sophie con la que ésta reside en Valencia.
Monaguillo: Joven colaborador de un monasterio de Sanlúcar de Barrameda.
Principales personajes históricos que aparecen en la novela:
Felipe V (Rey de España por testamento de Carlos II, descendiente de los Borbones franceses).
Archiduque Carlos de Austria(Pretendiente al trono español por la rama de los Austria apoyado por la alianza de naciones en torno a Inglaterra y Holanda).
Miguel Purroy(Militar aragonés que asumió el mando de las tropas austracistas que defendían la ciudad de Xàtiva).
Xàtiva es una localización muy importante en Sobre las ruinas de la ciudad rebelde así que, antes de empezar a escribir sobre ella, decidí zambullirme en sus calles para descubrir su historia e impregnarme de su atmósfera y sensaciones.
Bien es cierto que, en este caso, para reconstruir su configuración en el año 1707 tuve que que tirar de imaginación y suposiciones, puesto que hay muchos puntos de la ciudad que han sufrido una gran transformación o literalmente han sido borrados del mapa. Tal es el caso de la plaza de la Balsa, ubicada tras el Portal de los Baños de la antigua muralla, o la derruida torre de Monfort, escenario de los más encarnizados combates y por ello también de los más irreconocibles hoy día.
Una vez rebasado este punto, uno se adentra casi sin darse cuenta en el laberinto de callejuelas del casco histórico. El recorrido del asedio me llevó por las calles Canónigo Cebrián y Corretgería hasta la plaza de Santa Tecla; y aunque sucede lo mismo que en la mencionada plaza, que probablemente ninguna de estas casas siga en pie desde principios del siglo XVIII, es inevitable que se pongan los pelos punta al transitar por ellas.
Pero también hay varios edificios que se conservan de aquella época y zonas que sufrieron menos infortunio. Ejemplo de ellos serían la calle Moncada, la calle noble de la ciudad, el antiguo hospital, ubicado frente a la basílica, o los conventos situados en la parte alta de Xàtiva.
Otro de mis rincones favoritos del casco histórico es la plaza de la Trinidad, donde es fácil trasladarse a la atmósfera de épocas pasadas.
El Castillo
Capítulo aparte merece el castillo, un sitio que es leyenda e historia viva de la ciudad. Es fácil apreciar el deterioro sufrido con el paso del tiempo, los sucesivos derribos y re-edificaciones que ha experimentado con el tránsito de varias civilizaciones incluido, pero también los vestigios de un glorioso pasado.
Sin duda, merece la pena subir la empinada cuesta y acercarse hasta aquí. Aunque solo sea para disfrutar de las maravillosas vistas que ofrece de la ciudad y sus alrededores.
Casi parece un milagro. En una gran ciudad como Valencia, a escasos 30 minutos a pie del centro, decenas de casitas bajas de arquitectura tradicional sobreviven con admirable buena salud a la presión urbanística. Se trata del barrio de Benimaclet, mi barrio.
Un paseo tranquilo, sosegado, por estas singulares calles, que gracias al esmero de sus moradores se han preservado en admirable estado, sin duda permite al viandante conectar directamente con la historia, con el pasado y las raíces de este barrio, que una vez fue pueblo, y afortunadamente nunca ha dejado de perder su esencia.
El recorrido puede empezarse por las calles perpendiculares a doctor Vicente Zaragoza o Emilio Baró, que son el límite natural de este antiguo trazado. Aparecen de repente y sin previo aviso. Una línea invisible separa de forma casi natural ambos mundos, y el efecto que se produce al traspasarlo es siempre de agradable sorpresa.
Tal es el caso de las calles Reverendo José Martí, Manuel Castellanos o Virgen de los Desamparados, cuyo contraste con la avenida Emilio Baró es más que notable. Todas ellas terminan desembocando irremediablemente en la Plaza, y probablemente es en esa encrucijada que forma la propia plaza con las calles Puçol, Asunción, Providéncia, Benicolet, Sant Mateu o Alegret, incluso en Masquefa o Rambla donde uno tiene la sensación de reencontrarse con el alma de este histórico pueblo.
Habría muchas que merecen una mención especial, pero probablemente la casa tradicional más emblemática de este barrio se encuentra en el cruce de las calles Mistral y Murta. Su preciosa fallada de trencadís se hizo muy famosa tras aparecer en una conocida película de Almodóvar.