El hombre del paraguas negro

El psicólogo Jaime Guevara es un hombre seguro de sí mismo, de esos que tienen las ideas muy claras. Con veintiocho años decidió abrir un gabinete de Psicología Clínica y Terapia de la Conducta en un sofisticado despacho del centro de Valencia. Fue una apuesta fuerte, pero no le ha ido nada mal. De hecho, al cabo de solo dos años el sueldo le permitía cubrir holgadamente el alquiler, el sueldo de su secretaria y su propia remuneración, más que digna. Se siente muy orgulloso de ello, y de la estabilidad y reputación que ha adquirido ahora, casi siete años después.

Jaime nunca trabaja los domingos, pero con Alba ha hecho una excepción. Le ha llamado a eso de las nueve y media llorando y con la angustia pegada en la voz, y al final le ha dado cita para las diez y media. Él estaba desayunando con Laura, su chica, y la cara que ha puesto es de las que van a necesitar una sobredosis de esfuerzo para deshacer el evidente mosqueo.

—Es esa chica, ¿verdad?

Su mirada le basta para confirmar la sospecha. 

—¿De verdad Jaime? ¿No puede esperar a mañana?

—No, no puede.

—¿Por qué le diste tu número?

—Necesita ayuda. No tiene a nadie. Tú harías lo mismo, ya lo hemos hablado.

Laura hace una mueca y resopla frustrada, sin poder borrar de su cara el patente disgusto.

—Al mediodía te cuento. Te compensaré, lo prometo —le dice robándole un beso, tal vez demasiado frío.

Rehúsa dar más explicaciones y se marcha dejando aquella desagradable sensación de culpabilidad flotando en el ambiente. Jaime sabe que puede estar poniendo a prueba su relación y la paciencia de Laura, pero es que Alba Sierra es una paciente muy especial. Nunca se había enfrentado a nada parecido, su mente es un fabuloso rompecabezas que él se ha empeñado en desentrañar. Sus pacientes rara vez le sorprenden de aquella forma o se salen de los patrones habituales; pero con ella siente la continua necesidad de profundizar, de saber más, en definitiva, de ayudarla.

Ha salido de casa corriendo y consigue llegar a su despacho a las diez y cuarto. En ese momento vuelve a sonar el móvil: es Alba.

—Tengo miedo —su voz suena apenas audible, como un susurro.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Está sentado delante de mí.

—¿Quién? 

—Es él, estoy segura. Es igual que en el sueño.

—¿De qué me estás hablando?

—El hombre del paraguas negro. Viene a por mí. Lo sé.

Jaime comprende que está teniendo otro de sus episodios. Son la respuesta de su cerebro a un cóctel explosivo: traumas infantiles, adolescencia difícil, problemas de madurez. El hombre del paraguas negro es una figura recurrente con la que manifiesta todos sus temores.

—Tranquilízate Alba, por favor, recuerda lo que hablamos la última vez: respira hondo y visualiza un recuerdo positivo —dice tras un largo suspiro.

De fondo le parece escuchar un ruido reconocible.

—¿Estás en el metro? —pregunta, para confirmar su sospecha.

—Sí.

Jaime cierra los ojos y trata de imaginarse la escena. Ahora entiende el motivo de aquella especie de cuchicheo en su voz.

—Dime que no es verdad Jaime por favor, dime que es solo una pesadilla, una alucinación —le ruega, desesperada.

—Alba, es muy importante que te tranquilices y que me escuches. Nadie te va a hacer daño.

—Tengo miedo. No deja de mirarme.

—A veces la gente te mira y no pasa nada, no quiere decir nada —dice tratando de sonar lo más sereno posible—. ¿Hay más personas? —pregunta después.

—Cerca no. Pero creo que… Oh, ¡Dios! Estoy temblando Jaime, ¿qué hago? —Su voz rasgada, pegada al micrófono del teléfono, le estremece.

—Está bien, aléjate si eso va a hacer que te sientas mejor. Cámbiate de vagón, pero despacio, sin ser muy descarada —le acaba sugiriendo—. Luego ya hablaremos de cómo debes manejar esto sin alterarte de esta manera.

—Vale.

Jaime espera mientras escucha los ruidos de fondo, sus pasos mezclados con el murmullo constante que produce el avance del vagón.

—¿Estás mejor?

—Sí —dice ella, a los pocos segundos.

—¿Así que es otra vez ese señor del paraguas negro?

—Ya te lo he dicho. Y me miraba de una manera que… ¡Joder! Se me ponen los pelos de punta —solloza, verdaderamente angustiada.

—Esto es nuevo, nunca lo habías visto sentado delante de ti. Solo de refilón, o su sombra —afirma, valorativo.

—Por eso estoy muerta de miedo.

—A veces ocurren estas cosas. Las casualidades existen Alba, forman parte del mundo que nos rodea. Piénsalo fríamente ¿Por qué alguien iba a hacerte algo malo? ¿Por qué razón? Todo eso solo está en tu cabeza.

 —Anoche tuve otra vez ese sueño. No hay duda. Era él, es el mismo. Ese hombre venía a por mí y yo… ¡No estoy loca joder! —protesta con vehemencia.

—Nadie ha dicho eso —trata de calmarla de nuevo.

—Espera, la gente se está levantando —dice ella sobresaltada.

—¿Qué?

—Se van todos en esta parada, parece que el metro se vacía. No quiero quedarme a solas con él —le suplica otra vez con su murmullo ahogado.

—¿Dónde estás?

—En Xàtiva.

—Bueno, solo te quedaba una parada. Bájate del metro si quieres, el aire libre te sentará bien —le propone.

Los sonidos que le llegan poco después confirman que ella efectivamente está haciendo lo que acaba de proponerle.

—No, espera Jaime, no cuelgues —le escucha poco después agitada.

—¿Qué pasa?

—Creo que me está siguiendo.

Jaime resopla con cierta frustración.

—No empieces otra vez.

—Te lo digo muy en serio, acabo de verlo detrás de mí. Y me miraba fijamente.

—Alba no le des más vueltas, es una coincidencia. Tú misma has dicho que se iba a bajar mucha gente en la parada.

—No, no, yo sé lo que estoy viendo. Ojalá estuvieras aquí, no cuelgues por favor.

—En cuanto salgas a la calle desaparecerá, ya lo verás.

—Está justo detrás de mí —le susurra.

—Esto es absurdo.

Oye la puerta automática de salida de la estación del metro abrirse y cerrarse. Luego un gemido ahogado.

—¿Alba?

La llamada se corta.

—¡Mierda! —maldice mirando la pantalla de su móvil.

La llama inmediatamente. El teléfono está dando tono de llamada durante un rato, hasta que se corta. Marca otra vez, pero ahora salta directamente la alocución que le indica que el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Jaime empieza a preocuparse, y tras valorar rápidamente distintas opciones decide salir disparado hacia boca de metro que está justo debajo de su despacho, a solo unos pasos. Su entrada en la estación coincide con la llegada de la línea a su parada, deduce que tiene que ser el mismo en el que iba montada Alba. Por si acaso espera y echa un vistazo a los viajeros que se apean del vagón. Cuenta cinco personas, ninguna de ellas es Alba.

Cambia de andén al que circula en sentido contrario, según el aviso luminoso le quedan cinco minutos para llegar. Está de suerte, será la forma más rápida de llegar a la parada en la que se bajó ella. Mientras tanto sigue probando a llamarla, sin éxito.

—Vamos Alba, enciende el móvil. ¿Qué coño te pasa? —murmura para sí.

El metro llega a la hora prometida y le deja en la estación en apenas unos minutos. Es una estación grande, con al menos cuatro bocas, interconectada con varias líneas y con la estación de trenes de El Norte. Vuelve a comprobar el teléfono: nada. Está casi seguro de que ella salió de la estación, pero la cuestión es saber hacia cuál de las salidas se dirigió. Razona que, por seguridad, pudo haber seguido la estela de la mayoría de los viajeros, que suelen dirigirse precisamente a la estación de tren. Se dirige hacia allí, y mientras da vueltas repara en el operario del metro que hay en una de las ventanillas. Su figura aparece como algo providencial. Se trata de un hombre grande, de unos cincuenta años, con actitud cansada y apática, que no parece muy dispuesto a colaborar.

—Yo no me voy fijando en las personas, por aquí pasa mucha gente y yo estoy a lo mío —le dice con desgana.

Pero Jaime insiste.

—Es una chica bajita y delgada, veinticinco años, con el pelo claro, lleva unas mechas rosas.

—¿Con el pelo rosa? —el rostro del operario se ilumina de pronto.

—Sí.

—Una chica con el pelo rosa tuvo un percance ahí, sí —dice señalando un punto indeterminado—, hace un ratito.

—¿Unos veinte minutos? —le pregunta Jaime esperanzado.

—Sí, más o menos.

¡Bingo!

—¿Qué le ha pasado?

—Se ha caído ahí mismo, como si se hubiera desmayado.

—¿Desmayado?

—Sí, o un tropiezo, no lo sé. Yo estaba aquí en la cabina —se justifica, encogiéndose de hombros—. Pero un hombre que iba detrás de ella la ayudó.

—¿Y qué paso?

—Se fueron juntos. Ella parecía un poco desorientada, pero nada más.  

—¿Cómo era la persona que la acompañaba? —le interroga, ávido de respuestas.

—Pues… No sé. Un señor, más o menos alto, mediana edad, parecía atento y educado.

—¿Recuerda la ropa que llevaba?

—Llevaba un abrigo negro.

—¿Gafas de sol?

—Sí.

—¿Y un paraguas negro?

—Si, puede ser.

—¿Por dónde se fueron?

El operario le señala unas escaleras en el lado opuesto, deseando librarse de una vez por todas de él. Jaime comprueba que son las que conducen a la calle Ruzafa y sale disparado hacia allí. La busca, avanza unos metros en círculos, pero no hay ni rastro de ella. El teléfono sigue sin dar señal. Al poco vuelve a bajar y se dirige de nuevo a la ventanilla.

—Creo que le ha pasado algo, hay que llamar a la policía.

—¿Cómo dice? —le pregunta el otro cáustico y hastiado de su presencia.

—Le digo que hay que llamar a la policía.

—La chica se ha caído y ha salido por su propio pie. Llame usted si quiere. Yo estoy trabajando —responde de mala gana.

Al cabo de otros veinte minutos aparecen los agentes David Hernández y Carolina Teruel, que se presentan ante Jaime en la estación con cierta parsimonia.

—Empecemos por el principio —le dice el policía que se presentó como David, es el que lleva la voz cantante y parece más bregado que su compañera.

Jaime vuelve a explicar de nuevo toda la historia, esta vez de forma menos atropellada y tratando de no omitir ningún detalle.

—Así que tenía una cita con ella, a las diez y media.

—Así es.

Mientras hablan, la agente Carolina Teruel va tomando escuetas notas y apuntes en una libreta.

—Y dice que es su paciente.

—Sí.

—¿Siempre se toma tantas molestias con sus pacientes? —le preguntan con un tono que no le gusta mucho.

—Es una paciente especial, ya le he dicho que estaba sufriendo una crisis cuando venía hacia aquí.

—¿Una crisis?

—Sí, le pasa a veces. Imagina cosas, como que alguien le persigue. Es una exteriorización de sus miedos y sus temores, un mecanismo de defensa —explica con paciencia, haciendo un poco de pedagogía.

—Ya —le corta—. ¿Y a qué hora dice que habló con ella por última vez?

—Diez y veintitrés —confirma tras revisar el registro de llamadas en su teléfono.

Los agentes empiezan a preguntar al operario, que cuenta de nuevo su versión de la caída y posterior salida de la estación de la chica acompañada del hombre misterioso, pero trasluciendo cada vez menor entusiasmo e interés en el asunto. Mientras hablan, Jaime repara por primera vez en las cámaras de seguridad de la estación.

—¿Podemos ver las imágenes?

La agente Teruel le dedica una sonrisilla indulgente.

—Olvídese de las cámaras. No podemos ver nada a menos que lo autorice un juez.

—Vamos a ver —dice esta vez el agente Hernández más serio—, la impresión que me da es que aquí no ha pasado nada. Es una chica que ha podido tener un pequeño desmayo y ha salido por su propio pie, que no conteste al teléfono no quiere decir nada —añade.

—No, le aseguro que lo que ha ocurrido no era normal, si no no les habría llamado. Ella estaba muy alterada, me estaba pidiendo ayuda, que no le colgara —trata de explicar con vehemencia—. Le repito que estaba sufriendo una crisis, pensaba que le perseguía el hombre que fue a ayudarla. Tengo motivos para estar preocupado —insiste.

Tras pensarlo un poco, rascarse la oreja y resoplar, el agente Hernández da aviso a las patrullas que están por la zona. Les da una descripción de la chica y les pide que echen un vistazo por el entorno de la Estación y la Plaza del Ayuntamiento. En menos de un minuto contestan desde un coche que está pasando por la calle Colón y otro policía de barrio que está patrullando por la Catedral, anunciando su disposición para mantener los ojos abiertos.

—Es todo lo que podemos hacer. Saldré yo también a mirar por las calles aledañas a la boca de metro, quédese aquí por favor —anuncia.

Jaime se queda a solas con la agente Teruel.

—Piense en alguien a quien pueda avisar para localizarla: familia, amigos, trabajo… —le dice ella, más conciliadora.

—Sus padres están separados. Por lo que sé su padre ahora está el extranjero, y su madre vive en las afueras, pero no se lleva demasiado bien con ella.

—¿Vive con su madre?

—No, vive en un piso de estudiantes cerca de Blasco Ibáñez. 

—Pues es lo primero que tiene que hacer, averiguar si ella vuelve a casa a lo largo del día. Lo más probable es que no le haya pasado nada.

—Está en su último año de carrera, Geografía e Historia, y sé que tiene un trabajo esporádico en una heladería —prosigue, recopilando los datos que conoce sobre su vida privada.

—Nada —dice el agente Hernández de regreso, que a su vez está hablando con los compañeros de las patrullas cercanas—. Nadie ha visto nada raro por aquí, creo que podemos estar tranquilos.

—Bien, entonces lo mejor es que se calme y la busque en alguno de esos sitios —dice la agente retomando el hilo de la conversación anterior—. Probablemente pueda dar con ella en las próximas veinticuatro horas.

—Sí, no lo sé. Puede que tenga razón —dice Jaime, que empieza a darse por vencido.

—Entiendo su preocupación, es normal, pero debe dar un poco de tiempo. Si no apareciera y su familia no sabe nada de ella acudan a comisaría.  Nuestro parte quedará en el retén, por si hiciera falta.

—Gracias.

Los policías le estrechan la mano.

—¿Nos vamos? —dice el agente Hernández a su compañera.

Jaime los ve alejarse con la misma parsimonia con la que entraron y decide coger el metro por inercia, con la idea de volver a la consulta. No puede dejar de mirar la pantalla del móvil, no se puede quitar la preocupación de la cabeza. Se monta al vagón algo aturdido y, tras sentarse, ve como justo después de la señal acústica que precede al cierre automático de las puertas alguien se desliza y se sube en el último momento.

Es un hombre corpulento, con un largo abrigo negro, gafas de sol, un paraguas negro en la mano derecha, el pelo gris muy corto y una expresión adusta y seria. Con aparentemente estudiada determinación toma asiento delante de él, despacio, y empieza a mirarlo fijamente. Jaime no puede creerlo. Dos casualidades en un mismo día es demasiado, tiene que tratarse de la misma persona que vio Alba en su trayecto y que tanto la había atemorizado.

Si es así está de suerte, porque podría aclararle qué le pasó a Alba y a dónde se dirigió. Solo que aquel hombre le inquieta un poco, no para de mirarle descaradamente y a Jaime la situación le resulta muy violenta. Ahora entiende por qué Alba se sentía tan intimidada. Tarda aún unos segundos en lanzarse, por pura vergüenza, buscando las mejores palabras con las que abordar a un completo desconocido.

—Perdone, sé que esto le va a parecer muy…

El hombre de pronto gira la cabeza y le ignora deliberadamente, lo que hace que Jaime se quede unos segundos estupefacto antes de darse cuenta de que el metro está desacelerando. Piensa que tal vez haya pensado que no iba con él la cosa o sencillamente no le apetezca hablar con nadie. Es, hasta cierto punto, comprensible.

—Perdón —vuelve decir, esta vez elevando el tono de voz.

Pero entonces se levanta y le da la espalda, cerrando de nuevo la posibilidad de diálogo. El vagón se detiene, acaban de llegar a la estación y Jaime ve cómo varias personas se agolpan en la puerta. El hombre del paraguas está el primero, y en cuanto se abren se desliza rápidamente y desaparece de su vista. Mala suerte, no podrá llegar a comprobarlo, se dice asimilando lo ocurrido. Todavía está pensando en ello cuando sube por las escaleras mecánicas, se gira un momento, y le parece distinguir su figura un poco más abajo. ¿Cómo es posible? Siente otra vez esa mirada fija y penetrante, acompañada por una media sonrisa. Un escalofrío recorre todo su cuerpo.

«¿Qué hago? ¿Es mejor dejarlo estar o abordarle de nuevo?», se pregunta. Al llegar a las filas de puertas automáticas de la estación, de nuevo la gente se mueve de forma un poco atropellada y vuelve a despistarse. Pero después de validar el billete y salir vuelve a notar su presencia detrás. Va a girarse a preguntarle, lo tiene decidido. Pero no llega a hacerlo, porque justo en ese momento dos enormes brazos se ciernen sobre él. Una mano enfundada en un guante de cuero negro lo sujeta fuertemente tapándole la boca y la nariz, y antes siquiera de que pueda reaccionar siente el pinchazo en el abdomen quemándole por dentro. Ahoga un grito de dolor, amortiguado por la mano que tapona su boca, y siente que las fuerzas empiezan a flaquear.

Sus rodillas se doblan, y el hombre acompaña su caída sujetando su cuerpo para que no se desplome de golpe. Lo deposita suavemente en el suelo al tiempo que el filo del objeto cortante va saliendo de su estómago lentamente lacerando la herida abierta, de la que empieza a manar sangre caliente a gran velocidad. Tendido en el suelo, sus sentidos se anulan y pierde fuerza, la visión se empieza a volver borrosa. Solo es capaz de percibir la silueta del hombre del paraguas negro alejándose de él, antes de sumirse en un profundo sueño.

La cosa gris

Era una noche muy oscura, eso lo recuerdo bien. Regresaba a casa solo después de una jornada con amigos que quizá se había alargado un poco más de la cuenta. Sería un viernes de madrugada, a eso de las cinco de la mañana, en ese intervalo de tiempo en el que ya empieza a ser tarde para el alboroto de las juergas nocturnas y a la vez demasiado temprano para que nadie haya empezado su jornada todavía.

Empecé a sentirme extrañamente intranquilo y nervioso recorriendo las calles desiertas. Por alguna razón, ese momento en que las ciudades duermen y están tan calladas siempre me ha parecido muy inquietante. El eco cadencioso de mis pasos resonaba como un extemporáneo latido arrítmico en la densa atmósfera nocturna; y la luz macilenta de las farolas que salpicaban la calle, cual aletargadas luciérnagas, resultaba del todo insuficiente para contrarrestar la ausencia de claridad. No pude evitar poner todos mis sentidos en estado de alerta; un eco lejano, una sombra, un misterioso transeúnte silencioso, cualquier cosa inofensiva era susceptible de parecerme un tanto siniestra y perturbadora.

Caminaba con paso firme y ligero, tratando de apartar los miedos de la cabeza y llegar pronto a casa, y no respiré con cierto alivio hasta que no crucé el portal del edificio casi sin darme cuenta, mecánicamente. A cubierto ya me creía a salvo, o casi, pues entonces regresaron los irracionales desvelos: otra vez mis pasos que resuenan más de la cuenta, ese ruido del ascensor que parece amplificado, el murmullo del temporizador del interruptor de la luz, y de fondo ese silencio tan profundo y ominoso que se lo come todo.

Sin poder desprenderme del todo de aquel molesto run-run de fondo en mi cabeza, giré la llave y encendí rápido la luz del recibidor. Sí, menos mal, allí estaba todo tal y como lo recordaba. Avancé por el pasillo más resuelto. «¿Por qué iba a tener miedo de mi propia casa? Una rápida visita al baño y me meto en la cama», me dije. No me libraba aún de ese silencio incómodo, ni de los misteriosos ruidos nocturnos que en las casas a veces resuenan y después se pierden en la nada cual relámpagos; pero era diferente, ya estaba en mi hogar.

«¡Qué tonto soy! —pienso a veces—, a mi edad teniendo que lidiar con esos miedos absurdos». He asumido que nunca podré librarme de ellos. Son sensaciones que me invaden y se desvanecen muy rápido. Parecen controladas y, de pronto, reaparecen en su pugna con la consciencia de una racionalización más serena, como estrellas fugaces que se esfuman dejando un poso insondable tras de sí. Estaba cansado, muy cansado, y era quizás lo único que prevalecía invariablemente en ese momento. Estirarme en la cama y cerrar los ojos, eso sí que era un pensamiento tranquilizador. Después, siempre amanece y la luz del sol hace desaparecer todos esos fantasmas.

Pero no podía acostarme todavía, aún no. Pugnando con el sueño, emergió de mis entrañas un hambre feroz. «¿Por qué me tendrá que entrar el hambre a esas horas? ¡Qué inoportuna desazón!», farfullé con fastidio. «Bueno, un breve paso por la cocina y ya está, solucionado», resolví al fin.

De modo que, ahí estaba, de nuevo accionando todas las luces a mi paso. La de la cocina siempre tarda un poco, parpadea, jugando con las sombras misteriosas de forma intermitente. Impaciente, maldije al que inventó los tubos fluorescentes. Pero como si ellos pudieran percibir mis inaudibles imprecaciones, enseguida me devuelven una poderosa luz blanca, nítida y constante, tranquilizadora. ¡Qué alivio!

Pensando en algo rápido y placentero: leche, cola-cao, galletas, cereales —no iba a complicarme mucho—, descubro en la nevera un cartón de leche empezado, encajado en la repisa de la puerta. Ahí está, lo cojo. Todo esto fue más o menos lo que ocurrió. Todo normal, nada raro, antes de encontrarme cara a cara con la cosa.

Fue un instante fugaz, un microsegundo. Un inocente y despreocupado vistazo rápido al interior de la nevera antes de cerrar la puerta en el que mis ojos captaron algo extraño, totalmente fuera de lo común.

«¿Qué narices era eso?», fue lo que pensé mientras se me erizaba el vello y trataba de reponerme del sobresalto. En el cajón verdulero —o como se llame ese contenedor de plástico que hay siempre en la parte baja de los frigoríficos—, guardaba yo una lechuga más o menos fresca en una bolsa de plástico, estoy seguro de ello. Pero la lechuga ya no estaba. Había desparecido, engullida por una asquerosa cosa gris de aspecto horrible.

No puede ser —me decía mi cerebro racional tratando de buscar alguna explicación lógica a toda velocidad—: sería moho, gusanos, un nido de insectos, o todo a la vez. Quizás el efecto distorsionador del cristal transparente y la bolsa de plástico producirían aquel efecto visual tan poco común. Sí, era algo más o menos plausible. Pero había que abrir el cajón y averiguarlo; me armé de valor.

A medida que lo deslizaba y empezaba a vislumbrar su contenido, sentía un oscuro estremecimiento recorrer todo mi cuerpo. Intriga, miedo, asco, terror, pánico… Sensaciones que se fueron sucediendo, mezclando y apoderándose de mí al tiempo que aquello tomaba forma nítidamente ante mis ojos.

No sabría muy bien cómo definirlo. Una masa informe de aspecto viscoso, recubierta por una especie de película verrugosa de un color gris pardusco que recordaba a la podredumbre. Un auténtico horror, un cuadro verdaderamente repugnante. ¡¿Pero qué demonios era eso?!

Traté de serenarme, de calmar los nervios. «Esto tiene que tener una explicación», me gritaba a voces mi cabeza pensante. Retiré completamente el cajón de la nevera y lo deposité sobre la encimera para examinarlo mejor.

Entonces lo vi moverse. Sí, estoy seguro. Un movimiento sinuoso y tembloroso, como la gelatina. La cosa parecía estar agradecida de haber salido a la luz y su masa deforme pretender salir de la bolsa. Instintivamente retrocedí un poco. ¿Qué es esto? ¿Es una broma de mal gusto? ¿Es este el nuevo tipo de parásito que viene con las lechugas? Aquella cosa no solo producía pavor y arcadas, escapaba a toda lógica posible.

No sé muy bien por qué lo hice, pero lo hice. Mi curiosidad pudo más que mi agarrotamiento mental y físico. Saqué la bolsa del cajón verdulero y la arrojé con repelús en el fregadero. A pesar del rápido paso por mis manos, me pareció que la cosa pesaba un poco más de lo que esperaba. Y seguía moviéndose, y me miraba. Juro que me miraba, con unos pequeños ojillos negros como el carbón, que se le abrían y cerraban emergiendo de sus muchos orificios verrugosos.

La impactante visión me paralizó y ahogó un grito que emergía de lo más profundo de mis entrañas. Se me quitaron de golpe todo el hambre y el sueño. «¿Por qué no me habría metido ya en la cama?», maldecía. Seguro que a estas alturas estaría ya en brazos de Morfeo en lugar de sufriendo esta angustia. Tenía que acabar con ello. Sí, esto se tenía que terminar. No podía permitir que un ser viscoso devorador de lechugas, o lo que quiera que fuese, siguiera amenazando la tranquilidad de mi casa y robándome el sueño.

Un cuchillo, eso es. Había un cuchillo grande ahí al lado, a mi alcance, en el escurridor de los cubiertos, esperando a que lo empuñara con decisión y valor. Le asesté un primer pinchazo con cautela, hundiendo la punta afilada en aquella cosa con mi pulso tembloroso. Su cuerpo blando no ofreció ninguna resistencia, el cuchillo lo atravesó y tocó el fondo del fregadero enseguida. La cosa se estremeció con espasmódicos movimientos ondulatorios y volvió a mirarme con sus diminutos ojillos parpadeantes.

Le propiné nuevos cortes y golpes con el cuchillo. No sé cuántos. Cinco, seis, puede que siete. En el centro, en los lados.

—¡Muérete de una vez bicho asqueroso!

La cosa se movía con mayor virulencia y me pareció escuchar salir de sus entrañas un gemido gutural. Entonces paré en seco. Observé que la hoja del cuchillo estaba manchada con una especie de líquido gris viscoso, y que de los múltiples cortes también manaba ese mismo líquido a gran velocidad llenando mi fregadero de aquella sustancia pútrida desconocida. Las manos me sudaban, la cabeza me daba vueltas, el estómago encogido. Aquello era una auténtica pesadilla. Tiré el cuchillo. Empezaba a estar demasiado asustado, superado por todo lo que veía.

Soliviantado, abrí el grifo con la esperanza de que la corriente de agua arrastrara por el desagüe todo rastro de aquella cosa inmunda. Pero, una vez más, la lógica no funcionaba. En lugar de diluirlo y hacerlo desaparecer, el agua hizo crecer el líquido viscoso y verrugoso de forma asombrosa. Cerré el mando del grifo rápidamente y me aparté, deseando con todas mis fuerzas que no fuera real lo que parecía demasiado real, maldiciendo mi suerte por haber despertado y enfurecido a una extraña bestia que habitaba silenciosa en mi nevera; deseando no haberme cruzado jamás en su camino.

Pero ya era tarde. La cosa gris no paraba de crecer y amenazaba con desbordarse del fregadero. El pánico se apoderó de mí. Si acaso me quedaba algún resquicio de duda, definitivamente aquello no era normal. Necesitaba ayuda, urgente. Recordé que llevaba el móvil en el bolsillo. Lo saqué y mis dedos marcaron el 112 como un acto reflejo.

Colgué inmediatamente. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué iba a decirle a un operador de un teléfono de emergencias? ¿Que una cosa gris que estaba en un cajón de mi nevera se comportaba de forma extraña? Descarté la idea. Al levantar la vista de la pantalla comprobé que la situación había empeorado notablemente. La cosa gris definitivamente se estaba saliendo del fregadero, invadía parte de la encimera y se derramaba hacia el suelo como una especie de cascada de líquido pegajoso. Y seguía creciendo.

No tuve tiempo de reaccionar. La asquerosa masa informe me había bloqueado el paso. Venía hacia mí, podía sentirlo, me rodeaba. La sensación era horrible. Era la cosa más espantosa que había visto en mi vida. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Sería capaz de engullirme? Desesperado, desencajado, asfixiado, aniquilado, abrí la ventana que daba al patio de luces de mi edificio y vi la negrura de la noche.

—¡Socorro! —grité con todas mis fuerzas.

Nadie contestó, nadie parecía oírme. Supuse que a esa hora de la noche era poco probable obtener una respuesta si no me esforzaba más. Grité más fuerte y esperé dos segundos: silencio, no percibí ninguna respuesta.

Y mientras tanto, la cosa seguía avanzando lentamente hacia mí. Estaba claro, su masa gelatinosa gris parda quería atraparme. Sus diminutos ojillos me miraban. Allí estaban otra vez, multiplicándose como un sarpullido. Atenazado por el miedo, me preparé para lo peor. Me imaginé protagonizando la crónica de sucesos: «Hombre atacado por una cosa gris en la cocina de su propia casa. Se desconoce el origen de la siniestra criatura.»

No, no podía ser, no quería ese horrible final. Tuve una nueva ocurrencia: fuego. Si el agua le había hecho crecer de forma repentina, tal vez el fuego le hiciera menguar o retroceder. En el cajón de los cubiertos guardaba un encendedor. Uno de esos automáticos, con mango de plástico y tubo metálico alargado, que se usaban antiguamente para prender las cocinas de gas. Providencialmente tenía ese cajón a mano. Extraje el encendedor rápidamente y lo accioné. Funcionaba.

Lo sujeté con fuerza y me agaché para acercarme al ramal de masa viscosa que avanzaba por el suelo hacia mí. Ya casi podía tocarme. Alargué la mano lo suficiente para que la llama entrara en contacto con la cosa. Y esperé.

Al principio la idea pareció funcionar. La masa viscosa se encogía ante la pequeña llama, y de la súbita combustión surgía un pestilente humo negro. Volví a percibir su tenebroso aullido visceral. Y sus ojillos, esas diminutas perlas negras brillantes tan aterradoras, refulgían rabiosos y tremebundos. Pero pronto me di cuenta de que así tampoco le podría vencer. A la par que retrocedía un milímetro, avanzaba cuatro en otra dirección, y aquel humo nocivo y tóxico me asfixiaba y amenazaba con hacer el ambiente del todo irrespirable.

Apagué el mechero y lo tiré. Ya está. Se me agotaron todos los recursos. Mi cabeza ya no daba para más. Me asomé nuevamente por la ventana y volví a gritar.

—¡Ayuda!

Silencio.

—¡Ayudaa!

Más silencio. Maldije a mis vecinos de sueño profundo.

Vivía en un sexto piso. Arrojarme al patio por la ventana no era una opción: muerte segura. Palpé otra vez el teléfono. «¿Y si llamo a mis padres? ¿A un amigo?», pensé en un arrebato fugaz. Pero no había tiempo, la cosa ya casi me tocaba. Contemplé solo dos posibilidades: esperar en aquel rincón a ser engullido o tratar de salir por la puerta, pasando por encima de ella.

Tenía que intentarlo. Al fin y al cabo, antes o después iba a comprobar si la cosa gris era corrosiva, si más allá de su avance silencioso tenía intención de ejercer violencia sobre mí. Levanté el pie, con cautela, y después lentamente lo descendí tratando de dar un paso sobre ella. Apoyé la suela de mi zapato con sumo cuidado y finalmente me decidí a pisar.

Sentí toda su viscosidad, su movimiento espasmódico, su respiración, su avance cadencioso, su inquietante aullido de dolor que emergía de la profundidad de sus entrañas. Su espesor era menor de lo esperado, en menos de un segundo la suela de mi zapato entraba en contacto con el suelo. Manchada, pero en suelo firme. No podía creerlo. Sí, había pisado la cosa y aparentemente no había pasado nada, salvo que, al igual que al atravesarla con el filo del cuchillo, su película exterior se desgarraba y dejaba fluir el líquido gris interior.

Di un paso más. Y luego otro. Avanzaba pesadamente como en un lodazal de barro. Sorprendentemente la cosa no me atacó, no me hizo nada. Caminé sobre ella aterrado hasta que, al fin, pude alcanzar la puerta de la cocina y salir de sus redes. Por fin pude respirar un poco aliviado, en medio de aquel frenético estado de nervios, con la esperanza de haber logrado escapar de la situación más angustiosa de toda mi vida.

Me dirigí velozmente a la entrada del piso con sudor en la frente y el pulso aún acelerado. Ansiaba salir definitivamente de allí, escapar de aquella horrible pesadilla. Salí al rellano de mi planta del edificio y empecé a sentirme un poco mejor. Entonces lo vi. No podía creérmelo. Pero sí, allí estaba él. El vecino de enfrente saliendo de su casa, con su perro, un pequeño yorkshire, a esa hora de la madrugada: ¡Milagro!

Se me quedó mirando con cara de estupefacción, como si acabara de toparse con un bicho raro. Claro, yo estaba allí plantado con cara de espanto, pálido, rictus contraído, mirada desorbitada, sin aliento. La situación debió de parecerle de lo más extraña.

—¿Te ocurre algo? —se atrevió a preguntar.

Me bloqueé. Estaba delante de la puerta de mi casa paralizado y apenas podía hablar. De mi boca solo salían gemidos extraños y palabras inconexas.

—Ahí… una cosa… en mi cocina. ¡Ayuda!

El hombre, confuso, debió de leer el terror en mi cara. Se me acercó.

—¿Estás bien?

Yo negaba con la cabeza sin parar de señalarle hacia el interior de mi casa. Me imaginaba a la cosa gris avanzando de nuevo hacia mí y no quería volver a enfrentarme a ella. Solo querría salir corriendo de allí y prenderle fuego a todo el edificio.

—U… una cosa. En la cocina —repetía.

Mi vecino debió de empezar a comprender algo.

—¿Tienes un problema en la cocina? ¿Necesitas ayuda?

Asentí. Pero no me dio tiempo a advertirle del tipo de peligro al que se enfrentaba. El hombre se adentró tranquilamente en mi hogar buscando el origen de mis desvelos. Yo me quedé allí parado, en el rellano, al filo de la puerta, expectante. Los segundos de espera se me hicieron eternos. El hombre no regresaba, tan sólo escuché ladrar un par de veces al perro. «¿Sucumbiría él también ante el avance de la cosa gris? ¿Sería capaz de hacerle frente?». Sin tiempo para valorar aquellos interrogantes, volvió sobre sus pasos tal y como había entrado, con cara de no entender nada.

—¿Qué problema tienes en la cocina? Ahí no hay nada.

Ahora el asombrado era yo. ¿Cómo que no había nada? ¿Es que una cosa gris viscosa y repugnante invadiendo una habitación le podía pasar inadvertida? ¡Pues sí que estamos bien! O eso o me estaba tomando por mentiroso, por tonto, o por loco. ¡Lo que me faltaba! Naturalmente lo acompañé para asegurarme de que sus ojos veían lo mismo que los míos.

Con el temblor todavía en el cuerpo, me dirigí tras él de nuevo a la cocina. Al entrar allí, sufrí tal shock que a punto estuve de caerme de rodillas. El suelo estaba limpio. La cosa gris ya no estaba esparcida, ni se veía señal alguna de su avance pegajoso. Tampoco en la encimera, ni en el fregadero, en el que apenas había rastro de agua. Sencillamente se había volatilizado. Abrí la puerta de la nevera y miré en el cajón verdulero. Allí estaba la lechuga en su bolsa de plástico, tal y como la recordaba.

—¿Qué es esto? ¿Una broma? —me preguntó el vecino con creciente mosqueo.

—Le juro que aquí había algo, una criatura. Lo vi con mis propios ojos —traté de explicar con fútiles esfuerzos de sonar convincente.

Reconstruyendo la escena que acababa de vivir, que me atormentaba dando vueltas en mi cabeza sin cesar, descubrí, tirado en el suelo, el mechero. También comprobé que la ventana efectivamente estaba abierta. Aquellos eran los únicos signos de mi lucha con la cosa gris. No daba crédito, al terrible pánico que sentía dentro de mí, se sumaron la frustración y el enfado. Pero… ¿qué estaba pasando? Mi rostro demudado debió de revelar mi tremenda sorpresa ante aquel macabro giro del destino.

—¿Tú te has tomado algo? —preguntó el vecino seriamente preocupado.

—¡Claro que no! —protesté.

Por supuesto que no me había tomado nada. Un par de cervezas con unos amigos. ¿Y qué? Estaba completamente sobrio. ¿Es que no se daba cuenta de eso? Nada de pastillas ni drogas de ninguna clase. Y no, no estoy loco. Aquello era real, lo sé. Todavía se me erizaba la piel al recordarlo.

—Anda chaval, acuéstate que ya es muy tarde —dijo dándome unas palmaditas en el hombro—. Yo me voy.

Y me dejó allí plantado con cara de gilipollas, en mi triste y solitaria cocina, envuelto en el aciago silencio de la noche. Por supuesto ya no era capaz de dormir, ni tan siquiera de permanecer en aquella casa ni un minuto más. Tenía tal miedo metido en el cuerpo, que tuve que huir de allí y buscar a alguien que me diera cobijo aquella noche.

Después no volví a entrar en ese piso. Le devolví las llaves al casero y contraté a una empresa para que me hiciera la mudanza. Durante meses tuve pesadillas con la horrible cosa gris que me engullía en su líquido viscoso mientras me miraba con esos ojillos negros diminutos centelleantes.

He comentado con muy poca gente este suceso, no quería que nadie me tomara por un idiota como aquel vecino del perro. Tan solo lo saben dos o tres personas de confianza, pero no sé si alguien podrá llegar alguna vez a comprenderme del todo. Tampoco he vuelto a vivir solo. Necesito dormir siempre acompañado porque, todavía, algunas noches, siguen regresando las pesadillas. Aquella cosa gris me persigue mirándome con esos ojillos oscuros tan turbadores.

Sé que era real. Sé que aquello estaba allí. Sé lo que vi, lo que sentí aquella noche en mi cocina. La cosa gris existe, claro que existe. Está en alguna parte, acechando. Espera para manifestarse otra vez en mi casa, en la tuya, en la de cualquiera. Ignoro quién será su próxima víctima. Cuando menos te lo esperes, aparecerá en un cajón verdulero, en una bolsa de fruta o en cualquier rincón perdido. Dispuesta a anular todos tus sentidos y a perturbar tus sueños.